martes, 12 de mayo de 2015

HBR - Inteligencia Emocional

Inteligencia emocional
*Muriel Maignan Wilkins

En mis diez años como coach ejecutivo, nunca he visto a alguien levantar la mano y declarar que tiene que trabajar en su inteligencia emocional. Sin embargo, no podría contar el número de veces que he oído gente decir que lo único que su colega tiene que trabajar es en la inteligencia emocional. Ese es el problema: los que más necesitan desarrollarla, son los que menos se dan cuenta. Los datos que muestran que la inteligencia emocional es un diferenciador clave entre “colaboradores estrella” y el resto, son irrefutables. Sin embargo, hay algunos que nunca abrazan dicha habilidad -o quienes esperan hasta que es demasiado tarde.
Tomemos a Pedro (no es su nombre real), un cliente de coaching, quien mostró un enorme potencial y una fuerte capacidad para dar resultados para su empresa. El problema con Pedro era la forma en que conseguía dichos resultados. Cuando se les pidió describirlo, sus colegas decían cosas como: "es un elefante en cristalería", "tiene los codos afilados;" y "deja cadáveres al pasar". Su manera de operar era insostenible. No era capaz de motivar, atraer y retener al buen talento. Sus subordinados señalaron la frecuencia con que Pedro parecía no darse cuenta de que los degradaba. Su jefe comentó la impaciencia de Pedro y su propensión a atacar a sus compañeros. Cuando compartí esta retroalimentación con él, Pedro parecía desconcertado y estaba convencido de que yo había entendido mal. No tenía la conciencia de sí mismo o la empatía, que son características de la inteligencia emocional.

Algunos signos reveladores que usted necesita trabajar en su inteligencia emocional son:
  • A menudo siente que los demás no entienden lo que usted quiere decir y se siente impaciente y frustrado.
  • Se sorprende cuando los demás son demasiado sensibles a sus comentarios o chistes y cree que están exagerando.
  • Cree que caerle bien a los compañeros de trabajo está sobrevalorado.
  • Es muy intenso con sus afirmaciones y las defiende con rigor.
  • Tiene expectativas igualmente altas para usted mismo y para los demás.
  • Los otros siempre tienen la culpa de los errores  en su equipo.
  • Le resulta molesto cuando otros esperan que usted sepa cómo se sienten.

¿Qué hacer si se reconoce a sí mismo en esta lista? Aquí hay cuatro estrategias:

1. Obtener retroalimentación. No se puede trabajar en un problema que no se entiende. Un componente crítico de la inteligencia emocional es la auto-conciencia (la capacidad de reconocer y mantenerse consciente de los comportamientos propios). Ya sea que participe en una evaluación de 360 grados, ​​o simplemente pregunte a algunas personas lo que observan. Este paso es fundamental en el aumento de su sentido de lo que hace o no hace, y no busque excusas para su comportamiento; eso echa a perder el propósito. Más bien, escuche las opiniones, trate de entenderlas, y hágalas suyas. Cuando Pedro se enteró de lo que los demás pensaban de él, rápidamente se puso a la defensiva. Pero cuando aceptó las opiniones, se volvió dueño de la situación y decidió cambiar.

2. Cuidado con la diferencia entre la intención y el impacto. Aquellos con una débil inteligencia emocional a menudo subestiman el impacto negativo de sus palabras y acciones sobre los demás. Ignoran la diferencia entre lo que quieren decir y lo que los demás realmente escuchan. He aquí algunos ejemplos comunes de lo que las personas con baja inteligencia emocional pueden decir y cómo es percibido:

  • Lo que usted dice: "Al final del día, se trata de hacer el trabajo”.
  • Lo que otros oyen: "Lo único que importa es el resultado y si algunos se sienten ofendidos por el camino, no me interesa".
  • Lo que usted dice: "Si yo puedo entenderlo, cualquiera puede”.
  • Lo que otros oyen: "Tú no eres lo suficientemente inteligente como para entenderlo".
  • Lo que usted dice: "No veo cuál es el gran problema”.
  • Lo que otros oír: "No me importa cómo te sientes”.

Independientemente de lo que vaya a decir, piense en cómo sus palabras van a impactar a otros y si eso es lo que desea que sientan. Pedro era famoso por decir cosas que ponían los “pelos de punta”  a los demás, pero comenzó a considerar el impacto de sus palabras. Antes de cada reunión, tomaba unos minutos para preguntarse: ¿Cuál es la impresión que quiero dar?, ¿Cómo quiero que la gente se sienta sobre mí al final?, ¿Cómo tengo que enmarcar mi mensaje para alcanzar ese objetivo?

3. Ponga pausa: Tener una gran inteligencia emocional significa tomar decisiones sobre cómo responder a situaciones, en lugar de tener una reacción instintiva. Por ejemplo, Pedro tendía a interrumpir y derribar ideas de otras personas antes de que pudieran siquiera completar sus pensamientos. Este comportamiento fue una reacción a su miedo a no tener el control de la discusión y perder el tiempo. Así que empezó a tomar pausas antes de reaccionar. Hay dos pausas importantes que se deben considerar:
  • Pausa para escucharse. Cuando Pedro se impacientaba y se sentía frustrado en las discusiones, a menudo apretaba la mandíbula y su pecho se tensaba. Al reconocer estos signos físicos, fue capaz de hacer una pausa y recordarse a sí mismo que temía perder el control. Como resultado, Pedro era más capaz de determinar la forma en que quería responder, en lugar de ceder a su reacción de arremeter.
  • Pausa para escuchar a los demás. Escuchar significa ayudar a los demás a sentir que los ha entendido (incluso si no está de acuerdo con ellos). No es lo mismo que no decir nada. Se trata simplemente de dar a otros la oportunidad de expresar sus ideas antes de saltar.


4. Use los dos zapatos. La gente a menudo sugiere "ponerse en los zapatos del otro" para desarrollar la empatía, un componente clave de la inteligencia emocional; pero tampoco hay que desestimar cómo se siente uno mismo. Para ello, es necesario “usar ambos zapatos” -la comprensión tanto de su agenda como la de los demás y ver cualquier situación desde ambos lados. Pedro cambió su enfoque de "Aquí están mis preocupaciones" a "Estos son mis problemas y escucho sus preocupaciones. Vamos a determinar un camino a seguir que tome en cuenta a todos".

El fortalecimiento de su inteligencia emocional requiere compromiso, disciplina, y una creencia genuina en su valor. Con el tiempo y la práctica sin embargo, usted encontrará que los resultados obtenidos superan con creces el esfuerzo que se tardó en alcanzarla.

*Muriel Maignan Wilkins es co-fundadora y socia gerente de Paravis Partners, una empresa de coaching y desarrollo de liderazgo ejecutivo. Es co-autor, con Amy Jen Su, de Aduéñese del espacio: Descubra su voz para dominar su presencia de liderazgo.



Publicado originalmente Harvard Business Review
Diciembre de 2014
Disponible en: http://bit.ly/1JGaYQu

sábado, 9 de mayo de 2015

Francisco

I

Hace varios días que me escribió, por correo electrónico. En mi bandeja de entrada saltó su nombre y casi instintivamente, abrí su mensaje.
No sabía, y todavía no sé, qué cosa quería decirme. Lo que sí sé es lo que quiero decirle, después de leerlo. La verdad es que no necesito pretexto ni explicación –este es mi blog, pues- pero necesitaba una tarde harto calurosa como ésta, el silencio alrededor que solo se interrumpe por el ventilador y se acompaña por la música tenue de alguna playist que hallé en Spotify...


A mí me llaman optimista patológica, Francisco; de manera que no estoy de acuerdo con aquello que afirmas sobre la madurez. Lo que me enseñaron a mí, mientras me educaban, fue que había que trabajar muy duro para cambiar las cosas que no me gustaban en mi vida. De tal suerte que no suelo conformarme. Tampoco me creo una obstinada sin causa: de alguna manera mi madre –el mérito es todo de ella- me hizo entender también que hay empresas que no valen la pena, o que llegan a un momento en que es mejor apagar e irse.
Estaría de acuerdo con la dicotomía con la que tratas a la felicidad (las cosas que van bien, dices tú) y supongo que sucede así porque las cosas que salen bien normalmente vienen acompañadas de ese velo místico y les atribuimos la causalidad, digo yo que porque nos sentimos pequeños en todo momento. Lo mismo pasa con el otro extremo: pero hay que agregar a un villano para que la cosa adquiera sentido –al menos en nuestras novelas personales- cuando quizá ni entendemos de qué van.
Por mi parte, cuando quiero pensar, prefiero correr. Me pongo los tenis, salgo (si es bajo el sol de la costa, mejor) y reproduzco alguna playlist, hasta que es ese mismo pavimento, o la pista, o la arena, lo que se mueve bajo mis piernas. Es así como mis pensamientos se acomodan a sí mismos en mi cabeza y a veces, sólo a veces, me golpean con una contundencia pasmosa.

No sé, todavía no sé, qué es lo que querías decirme. Fue precisamente eso, el final de tu carta, lo que me llevó a encender otro cigarrillo y preguntármelo de nuevo…

lunes, 13 de abril de 2015

Las casualidades no existen

La noche del 3 de octubre de 2019 soñé que se construía un gran puente y una presa sobre el río Cutzamala. Preocupada, le llamaba a Eduardo Galeano por teléfono para contarle de todos los árboles devastados y los animalitos despojados. Dú, como le decía desde entonces, de cariño, venía a México –como sucede en los sueños, de prisa, sin problemas de agenda o logística- desde Montevideo y cuando llegaba, paseábamos en bicicleta, pedaleando muy rápido, a lo largo del puente que nos afligía; veíamos niños pequeños, en patines, corriendo, en bicicletas, jugando y volando papalotes y sonriendo. Era así como la presencia de Eduardo lo arreglaba todo.
A la mañana siguiente, queriendo recrear el sueño, salí a pasear en patines. A pesar de ser otoño, era una mañana soleada en Xalapa, lo recuerdo muy bien. Anduve hasta quedar exhausta y me tumbé en la hierba a leer el Purgatorio de Tomás Eloy Martínez. Me encontré ahí por primera vez con la canción Muchacha ojos de papel, de Luis Alberto Spinetta. Apresurada, llegué a casa buscando la canción en línea –bendito internet- y la encontré. También, en la búsqueda, saltó Barro tal vez, donde Spinetta canta con Mercedes Sosa. Entonces me enteré que La Negra falleció esa madrugada.
Como respuesta al correo donde le contaba mi sueño y mis descubrimientos hilvanados, Galeano respondió:
"Las casualidades no existen. Encuentros y desencuentros tejen la vida, mintiendo que son casuales. Yo no creo en la fatalidad del destino, pero sí creo que las voces suenan respondiendo llamados, aunque las voces no sepan quién las llama, ni de dónde".
Hoy el mar de fueguitos que es el mundo perdió uno de esos que “arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear”. Uno de esos fuegos que encendió mi vida, mi mente, mi pensamiento, mi sentir. Hoy al mundo le falta un fuego y al cielo le sobra una estrella.
Buen viaje, querido Dú.
En la ceremonia en que Marcelo Ebrard
entrega las llaves de la Ciudad de México
a Eduardo Galeano.

Febrero de 2010.

domingo, 29 de marzo de 2015

Domingo de Ramos

Mi padre fue un hombre que nació, vivió y murió pobre. De los bolsillos. La riqueza de su alma era, al menos a lo que hace a mí, desarmadora. Tengo 33 años, hace cuatro que se fue, y las pequeñas cosas con que llenó mi vida, permanecen. Su voz amorosa, sus llamadas sin sentido, sus consejos para manejar o tratar a los demás, su alegría impermeable, su ternura avasalladora...

Cada Domingo de Ramos, mi padre traía a casa palmitas de las que venden fuera de las iglesias -ignoro si las llevaba bendecir o no- y obsequiaba a mi madre con una. Conforme fui creciendo, me gustaba esperar ese día para ver llegar a papá con palmitas.

Para los católicos -nosotros no lo somos- los ramos "no son un talismán o un simple objeto bendito, sino el signo de la participación gozosa en el rito procesional, expresión de la fe de la Iglesia en Cristo, Mesías y Señor, que va hacia la muerte para la salvación de todos los hombres. Por eso, este domingo tiene un doble carácter, de gloria y de sufrimiento..."


Para mí, los ramos, las palmitas, son precisamente eso, un talismán, un objeto que se acumula en mis recuerdos para traerme cada año la amorosa presencia de mi padre, cuando tanta falta me hace, me sigue haciendo, como hoy.

Cada Domingo de Ramos, ahora yo, voy a traer palmitas para mi casa, las llevo sin bendecir, pero son sagradas.

sábado, 28 de marzo de 2015

Él sabe

Mientras desayunábamos, crucé una pierna sobre otra, un tobillo en la rodilla opuesta.
Él tocó el pedazo de calcetín rosa que salía de mi tenis rojo y, mientras me miraba dulcemente, como sólo él me mira, dijo:
"Oiga, pero esa calceta no combina con sus zapatos rojos. ¿Qué pasó ahí?"
Sonrojada, me apresuré a explicarle que recién había salido de la cama, que las prisas, que las carreras.
Pero de las combinaciones, de la cara de recién salida de la cama, de mis mejillas sonrojadas, de los verbos, de los sentimientos... él sabe.