lunes, 1 de julio de 2013

Las perras son mágicas


Esta fue la frase que, literalmente, terminó con mi angustia de abuela primeriza de cachorros chihuahua. Eduardo Gazol, el veterinario de Neneya, las pronunció ante mi nerviosismo por la cercanía del día del parto. “Las perras son mágicas”, dijo, y me explicó con lujo de detalle cómo estos animalitos se preparan, escogen el mejor momento para parir y lo único que hay que hacer es acompañarlas y ser testigos de la maravilla de la vida. A continuación me dio todos los consejos habidos y por haber y respondió todas mis puntuales y curiosas dudas.
Con sus ojos claros y serenos, me fue quitando de a poco la ansiedad y me ayudó a quedarme tranquila y a transmitirle esa sensación a Neneya. Sus tres cachorros y ella iban a necesitarla.

viernes, 14 de junio de 2013

La búsqueda del padre

Y guardo entre mi ramo de azahar
mil cosas de chiquilla
las horas que pasé junto a ti
sentada en tus rodillas

Uno
En agosto de hace dos años viajé a DF para un encuentro que se volvió súbitamente parte de mi búsqueda. Enrique Alfaro me había obsequiado con su novela Telemaquia, en mayo de ese mismo año. Llegó a mis manos inopinadamente y estuvo un par de semanas en mi pila de libros por leer, para convertirse después en una de esas cosas que refrendan las creencias de los jóvenes en un orden universal.
Aquel día, 10 de agosto, mucho antes de la hora señalada estuve ahí, puntual. Para mi sorpresa, el centro Xavier Villaurrutia reservó un muy pequeño salón, con unas diez, quizá 15 sillas, para la presentación del libro.

         Lectora joven sin mayores pretensiones que el disfrute, asumí que la novela me había rebasado desde la página 15 y me emocioné al grado religioso de saber que Enrique me la había entregado en las manos y esperé todavía unas dos o tres semanas para abrir el tesoro que me esperaba: una ruta para buscar los trazos del mapa que me conduciría a mi padre semi ausente y recientemente muerto. Incrédula, yo.
         Y ahí estaba, con el salón pequeño, casi vacío, sorprendida porque en mi ingenuidad, estimé que todo el centro Villaurrutia debía estar lleno de telémacos amorosos, llenos de ilusiones, de odios, de esperanzas, ansiosos de buscar, de encontrar. Pero no era así.
Después de unos minutos, Telémaco hizo su magia. De la nada y de todas partes, comenzaron a llegar los aventureros. Ulises se hubiera sorprendido de ver la fuerza y el poder de convocatoria de su hijo, quien lleno de valor y satisfacción, colmó también la sala de aquel centro, antes vacía.
Agregaron una hilera de sillas más, dos, tres… cuando miré hacia atrás, no podía contar a los que llegaron. Es verdad que no eran cientos pero entonces tuve la certeza de que habían llegado los que tenían el deber de llegar. Y pensé, para mis ingenuos adentros que no era sólo mi impresión, sino que la búsqueda del padre nos convocaba a todos, de diferentes maneras, con diferentes orígenes y destinos.

Dos
Tengo entendido que la gente no mira arriba cuando sube las escaleras ni cuando camina por las calles ni cuando pasea en los centros históricos. Por eso no me sorprendió encontrarlo antes de tenerlo enfrente. Lo miré al subir con mis ojos curiosos de siempre. Subí las escaleras a la carrera, con mis botas todo terreno y mis jeans ajustados y mi playera de Welcome to Vegas, para encontrarlo perfectamente trajeado, con los cabellos bien peinados, encorbatado y muy serio, a las grandes charlas, frente a su presentador.
         Ya sabía que se trataba de un caballero casi inglés como Paul Stephenson, por eso no me sorprendió que se levantara casi ceremonioso de su asiento y me saludara tan cortésmente. Pero además de eso, fue cálido y cercano e incluso me agradeció haber asistido.
         Sí, claro que quería verle, por supuesto que quería acompañarle, sin duda las presentaciones de libros son de mis eventos sociales favoritos (nunca dicho sin sorna)… pero si a todo ello, agregaba la motivación del momento que atravesaba –o me atravesaba mí– la que debía agradecer era yo. Y le agradecí otra vez.

Tres
Terminé de leer la novela casi al final del mes de junio. Con estas palabras, le contaba a Enrique Alfaro por correo electrónico, mis sentimientos sobre la lectura:
“Cuando llegué a Telemaquia, no sabía a lo que me enfrentaba… Me encontré con Paul con gran asombro, como un hombre en búsqueda del padre ausente y que vive también, de la mano de esa búsqueda, el proceso de separación a que la muerte nos obliga.
Todos los hijos –los de padre ausente, los de padre semi presente y los de padre presente– emprendemos esa búsqueda, de una u otra manera. O al menos eso creo. Yo emprendí esa búsqueda, de mi padre semi presente, a tiempo. O al menos eso creo. Para el día que lo desahuciaron, nosotros habíamos hecho las paces. Y las habíamos hecho mucho tiempo atrás. Por eso fue, también, que pude/puedo mantenerme tan serena ante su partida, a diferencia de otras personas cercanas a él. O al menos eso creo.
Igual que Paul, viví la muerte de mi papá. Sólo que mi caso fue muy distinto. Aunque no fue el mejor papá del mundo, tuve un padre bueno. Mi padre fue un buen hombre. Mi padre fue un buen hombre con un gran corazón. Conocí la ternura sentada en sus rodillas y aprendí que el amor de un varón debe ser generoso, cercano, sutil. Entendí años después que su cercanía y su presencia me preservaron de abusos, de padecimientos, de experiencias que todas o casi todas las otras niñas vivieron y que para mí, se transformaron en una dulce presencia.

Me regaló todas las veces que estuve con él, incluso de mayor, una gran sonrisa. Las amarguras y sus penas –que no eran pocas- las ocultó tras una discreción que apenas ahora, a mis casi 30 años, valoro en su real dimensión”.

Cuatro
En la presentación se comparó a Alfaro con Proust. Gente que dice que sabe y que lee, dijo que la novela rebasaba por mucho cualquier expectativa. El tema había sido elegido cuidadosamente, haciendo incluso casi imposible para el escritor superarse (esto último, para mí está en tela de juicio), además de que la trama estaba impertérritamente organizada, colgada de un suspenso exquisito e hilvanada para cautivar al lector.
Jorge F. Hernández, mejor conocido en el mundo literario como George Clooney región 4, llamó poderosamente mi atención al afirmar lo que ya suponía: la novela está hecha para leerse en voz alta. Lo que se traduce también al español como: es novela y además es poesía.
Y yo que pensaba en Telemaquia como la historia de vida de Enrique, contada fidedignamente. Alfaro Llarena da más de lo que se espera de él, más de lo que se supone debiera dar e imagino también que más de lo que, de sí mismo esperaría. Esto último por supuesto, debe ser la mejor parte.
Le pregunté qué se sentía tener una sala pequeña, para diez y que lleguen 50, quizá más personas. Muy modesto él, no contestó. Pero sí firmó, generoso, los dos libros que compré para mis más queridas telémacas, Diana y Sol Anaid. También, atento, hojeó mi libro señalado, subrayado, lleno de banderitas y marcas que son mías y que soy yo: ‘Eugenia, ¿qué hiciste?’, me dijo con un rostro asombrado. Y sólo hice lo que debí: leer atentamente, buscar, volver a leer. No fuera a pasarme desapercibida alguna señal que estoy buscando.

Yo que no conozco a Enrique, que de él poco o nada sé, viajé cinco horas de regreso con un dulce, intenso y generoso final de boca de haber probado su Telemaquia, un desbordado hallazgo en la búsqueda de mi padre.

viernes, 7 de junio de 2013

Un navío un amor

Quetzalli y Enrique festejaron su boda en Veracruz, a orillas del río Jamapa. A Quetza (como la llamamos los amigos) la conozco desde hace unos diez años, quizá más. Una de las cosas más bellas en ella es su generosidad, pero indudablemente la razón primera para envidiarla es su naturalidad. Ya sea que haga relaciones públicas o que exponga en una clase o que vaya en flats atravesando la Nápoles, es la misma: parece que nació para hacer lo que hace.

El día de su boda no fue, por supuesto, la excepción. He visto novias hermosas y ella; iglesias desbordantes de flores y la de Santa Ana cuando ella entró; vestidos lindos y su preciosos vestido que cobijaba delicadamente su unión libre; fiestas amorosas y esa celebración a orillas del río Jamapa que se antojaba sacado del mejor cuento de princesas de esos que escuché de niña.

Pero Quetza no es una princesa, no no. Es una mujer en la más amplia expresión de la palabra. Independiente económica y emocionalmente, se abrió paso en la capirucha en la difícil industria de las relaciones públicas (otra vez, como si hubiera nacido para ella). Quetza es autora de una de mis frases favoritas: como entrevistadora, puedo ser un buldog amarrado.

Entre aplausos y gritos de felicidad compartida, aquel día primero del mes de junio, Quetza entró a la iglesia de Santa Ana, deteniendo el instante en que el universo aguardaba por ella. No había excesos en su arreglo y sin embargo parecía haberse preparado toda la vida para llegar ahí, preciosa, feliz, sonriente, enamorada. El festejo continuó a lo largo de aquella tarde, en la misa y después en el jardín de fiestas Shangri-La (que hace honor al paraíso de felicidad interminable descrito por James Hilton en Horizontes perdidos), con los invitados zapateando al son de Tlen-Huicani, con esa hermosa mujer mirando a los ojos a su amado, robando palabras a Adele para decirle que desde ahora es su one and only, con las mujeres solteras corriendo, tomadas de la mano, a su alrededor con la esperanza de adueñarnos del codiciado ramo.

Mientras atestiguaba todo aquello, mientras miraba a las mujeres andar en zapatos bajos, los vestidos llevados por la brisa suave, mientras sentía los últimos rayos del sol, los de la puesta, mientras veía a Quetzalli reír feliz entre aquel paraíso que sin duda estaba a la altura de sus sueños, pensaba en el poema de mi querido José Luis Rivas, Un navío, un amor:

I
Las muchachas sandalias en la mano
de puntillas por entre resbaladizos
peñascos de escollera los pies
tantean en principio
antes del salto irreprimible
             de roca en roca
los vestidos al vuelo
con ráfagas que esparcen un aroma de espliegos
las prendas interiores pegadas a los cuerpos
transpirando salobres
las piernas por delante
asomando la espuma de la rizada blonda
los pechos estallantes
despareja marea de grupas y caderas
el roción de las olas arrojando
su atarraya irisada
por donde todos descendíamos en escala
risas de fulgurantes dentaduras
el sol picando el dilatado bochorno
y el aullante pinar de la avenida costera
ante la Isla de Lobos

II
La cabaña de otates
entre los médanos
y la muchacha
que aporta en la ribera
con su proa de encaje
y la gaviota tijereteando
las espiras de su propio descenso
hasta rasar la arena
las palmeras rizándose de brisa
como los zumbadores
de un papalote
que cosquillea las nubes
cierta tarde sumida al fondo del ancón

los horizontes
que tiran de su pecho
bajo el escote
el deseo
sus íntimas marismas
la pardela que en remolino parte
un navío un amor

y la ráfaga
que ondula las pestañas
como el correo de papel de china
que asciende poco a poco por el hilo
de vibrante pandorga
multicolor fondo escotado de las islas
seda licra jersey
en hiladillo sobre la piel
que aspira a bocanadas
inmensidad y regreso ~


A todos nos llega el día de conocer la envidia, de mirarla a los ojos, de sentir ese suave arrullo de ver pasar el objeto de tal sentimiento y casi, casi, acariciarle. No sueño con una boda como la de Quetza; nunca lo hice. Y sin embargo, ese día sentí la llamada envidia de la buena, pues reconozco en este acto de amor un momento maravilloso e irrepetible que conmina, que invita, que convida. ¿Y qué es el amor sino un contagio, un impulso, un sueño compartido, un manto bellísimo que cobija a propios y extraños?


viernes, 31 de mayo de 2013

Primera cita (for dummies)

He tenido muchas primeras citas. Empecé a tenerlas desde los 16 y hoy tengo casi 32. He salido con muchos hombres en la segunda mitad de mi vida y sigo soltera… así es que sigo aceptando todo tipo de citas. Desde invitaciones al café, al cine, a comer… pasando por invitaciones a cenar o expresamente a “ir a un lugar más privado”. De todos colores y sabores para los conocedores.
En gusto se rompen madres, pero creo que, en general, las mujeres heterosexuales tenemos ciertas preferencias a la hora de convivir por primera vez con algún prospecto, ya sea de galán, de acostón o de amigo.
En una de tantas citas, empecé a recopilar algunos datos que hoy toman forma de post y se convierten en consejos. Hombres heterosexuales, tomen nota de esta profunda reflexión, mis consejos para la Primera cita (for dummies):

Elije bien:
El tipo de invitación, así como el día de la semana y el lugar, tienen mucho que ver para reflejar tus intenciones con la chica. Imagina una escala donde invitarla a salir el domingo significa que quieres ser su amigo y el sábado en la noche que quieres cogértela durísimo cuanto antes. Aplica la misma escala para la hora del día en que la invitas: desayuno es “vámonos suavecito” y cena es “vámonos en picada”.
Habla con ella y tantea qué es lo que espera, qué le gustaría. No te lances a invitarla a cenar el viernes en la noche y luego a una peda con tus amigos sin antes haber averiguado si va a misa todos los domingos con sus padres y abuelos.

De cajón:
Báñate, cabrón. No hay por qué pelearse con el talco ni el desodorante. Usa el perfume con cuidado para que no se vuelva tu enemigo. Unos jeans limpios, una camisa bien planchada y zapatos impecables te harán quedar bien para casi cualquier ocasión. Ojo: nadie quiere ir de pipa y guante a la primera cita, opta por lo casual.
Se vale preguntar, como que no quiere la cosa, si ella irá muy arreglada, para no llegarle con tenis. O si prefiere ir cómoda, no parecer que te acabas de quitar la corbata para bajarle a tu look formaloide.
Sé sutil, pero claro: desde tu primera aproximación, debes dejarle saber a tu invitada lo que esperas. Ni por error hables de educación de los hijos o de proyecto de vida si lo que quieres es llevártela a la cama. No te la lleves a la cama en la primera cita si te gusta para compañera de un tramo más largo que una noche.
El consejo de oro: Si ella no lo pide, no le sugieras que se vayan al acostón porque no accederá. No solamente es de mal gusto, sino que seguro, segurito, no la vuelves a ver.
Sugiere siempre pagar la cuenta. Si ella dice que compartan gastos, acepta. Si no tienes dinero para invitarla, díselo. Siempre podrán ir al parque o a andar en patines. En una de esas ella se ofrece a pagar, no importa. Como en todo: no seas colgado.

Puntualidad:
No mames, no hay que explicar. Llega al lugar acordado diez minutos antes de la hora y asegúrate que el sitio y la reserva estén en orden. (Porque hiciste una reserva, obvio.) Ten en cuenta que llegar tarde a la primera cita es motivo suficiente para que sea la última.
Ella sí puede llegar tarde.

En boca cerrada…
Claro, es la primera cita y quieres impresionar, no paras de hablar, buscas un lugar seguro entre esconder tus peores defectos y revelar tus mayores hazañas sexuales. Malas noticias: la primera cita no es el momento para ninguno de estos temas. Así que nunca, pero nunca de los nuncas hables de:
  • Detalles sobre cómo y por qué te dejó tu ex (o tus muchas ex)
  • Lo bueno que eres para la cama, las muchas posiciones sexuales que has probado o lo gigantesco (o rinconero) que es tu miembro
  • Lo sobregirada que está tu tarjeta de crédito
  • Comentarios sobre lo loca que está tu madre o lo borracho que es tu padre
  • Jamás de los jamases preguntes: ¿qué somos? ¿En qué quedamos? ¿Qué va a ser de “nosotros”?


Natural es mejor
No te presiones, no quieras mostrar algo que no eres: con el tiempo, si la relación continúa, ella lo notará, créeme. Lo mejor es actuar con naturalidad, usar el sentido común y tratar de agradar a la chica pero sin forzar las cosas. Si logras una segunda cita, recuerda estos tips, creo que las primeras 3 a 5 citas siguen considerándose parte de la primera.

¡Suerte, campeón!


sábado, 14 de mayo de 2011

Lo que sé hacer mejor

Hace un mes volví a Xalapa. Xalapa, Xalapita, las Xalapas, el pueblo… esta dulce tierra en la que no nací, por equivocación, la que abandoné, por equivocación también… y a la que regresé, por tanta buena suerte que tengo.
Y después de un mes más o menos, que cobré mi primer sueldo en mi nuevo trabajo, a medio día, me propuse llamarle a mi padre. Se pondría tan feliz de saber que, finalmente, llegué al trabajo soñado, a la oficina anhelada, a la institución tan largamente amada, para colaborar –un poquito aunque sea, le dije un día- con el bienestar de los muchos.
            Se pondría tan feliz mi padre de saber que a la nena se le cumplió uno de sus sueños. Uno de los mejores. Y que abandonó la selva de asfalto a la que –por necia- se fue a meter, a probar suerte y para probarse ella. Y que todos los amores y los afectos la recibieron bien, con buenas caras, con mejores gestos de cariño.
            Y mucho más: se pondría loquito de gusto el viejo de saber que estaría más cerca de él, más al pendiente, para cuidarlo, para apapacharlo, para andar nuestra larga, fuerte e incomprendida por los demás, aventura; esta relación que para todos es de padre e hija, nada más.
            Sólo que cuando tomé el teléfono, el llanto me golpeó. Mi viejo murió, carajo, recordé de pronto. Y miré la pantalla con ese doloroso y muy querido número que todavía, despuecito de un mes, no me he atrevido a borrar del móvil.
            ‘Mi papi sabe’, pensé en voz alta en medio del ruidero de la ciudad, y  me eché adelante. Es lo que sé hacer mejor.

jueves, 13 de enero de 2011

Lejos

A lo lejos escucho tu voz. Qué raro es ya no reconocerla... Cómo duele. Tu voz que antes era dulce y cercana ahora es acre y de lejana, la confundo.
¿En dónde estás? me pregunto. ¿Estuviste aquí alguna vez? Eso no lo sabré.
Las cosas antes comunes ahora son extrañas; nuestros mundos, antes tomados de la mano, hoy son distintos. Ya no sé quién eres y seguramente mi voz tampoco reconoces.
Será ese nuestro camino, desde antes, o ¿tal es el que elegimos? Eso no lo sabré.
Y sin embargo me abrazo al dulce recuerdo de nuestras tardes en que miraba el sol reflejado en tus ojos, de nuestras noches interminables, de nuestras mañanas cercanas y de aquellos días amargos que dejaban de serlo a tu vera.
Nada afirmaré,  pero nada negaré.
Me repito: 'tú que has sido de todo en mi vida: compañero, consejero, amigo, familia'.
¿Eres ese, tú? Eso no lo sabré.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Lo siento. De Laura Pausini

Mamá he soñado que llamabas a mi puerta
un poco tensa y con las gafas empañadas
querías verme bien y fue la vez primera
sentía que sabias como hoy te añoraba
y me abrazaste mientras te maravillabas
de que aguantara triste y casi sin aliento
hace ya tanto que no estamos abrazadas
y en el silencio me dijiste 'lo siento'

Pero ha bastado un ruido para despertarme
para llorar y para hacer que regresara
a aquellos dias que de niña me cuidabas
donde en verano cielo y playa se juntaban
mientras con mi muñeca vieja te escuchaba
los cuentos que tu cada noche me contabas
y cuando más pequeña tú me acurrucabas
y adormecida en tu regazo yo soñaba

Pero a los diesises sentí como cambiaba
y como soy realmente ahora me veía
y me sentí tan sola y tan sesperada
porque yo no era ya la hija que querías
Y fue el final asi de nuetra confianza
de las pequeñas charlas que ayudaban tanto
yo me escondi tras una nube de impaciencia
y tú deseaste el hijo que se te ha negado.

Y me pasaba el dia sin volver a casa
no soportaba tus sermones para nada
y comencé a volverme yo tambien celosa
porque eras casi inalcanzable tan hermosa
Y abandoné mi sueño a falta de equipaje
mi corazón al mar tire en una vasija
perdi hasta la memoria por falta de coraje
porque me avergonzava tanto ser tu hija

Mas no llamaste tu a mi puerta
e inutilmente tuve un sueño que no puede realizarse
mi pensamiento esta tan lleno del presente
que mi orgullo no me deja perdonarme
Mas si llamases a mi puerta en otro sueño
no lograría pronunciar una palabra
me mirarías con tu gesto tan severo
y yo me sentiria cada vez más sola.

Por eso estoy en esta carta tan confusa
para encontrar algo de paz en lo que pienso
no para reclamarte ni pedirte excusas
es sólo para decirte, mamá 'lo siento'.

Y no es verdad que yo me sienta avergonzada
son nuetras almas tan igual tan perecidas
esperaré pacientemente aquí sentada
te quiero tanto mamá, escríbeme.

Tu hija

lunes, 8 de noviembre de 2010

Celebraciones

Mariposas
Gustavo Pérez tiene una casa enorme, preciosa, con un poderoso jardín, 'Brigitte quería un jardín grande, muy grande', me dice. Como buen artista, tocado por la magia en su vida y en su persona, está rodeado de peculiaridades. Para llegar a su casa, hay que atravesar entre cafetos y liquidámbares, entre veredas y senderos, donde juegan niños y ladran perros. Su comedor es una mesa de billar habilitada. Las habitaciones son amplísimas y la decoración minimalista. Cuadros, libros, discos por todas partes. Música clásica -yo creo que era Schubert- sonando en el fondo. Todas, toditas las cacerolas y todos, toditos los recipientes, son de barro, de colores, oscuros, claros, brillantes.
Y en el centro de la mesa de billar hay un plato grande de barro sobre el que algunas mariposas muertas bailan la música de la vida, de los colores.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Celebraciones

Ranas
Yo las veo, siempre las encuentro. No sé por qué, pero aparecen a mi paso. Se me para el corazón cuando casi las piso, o las pateo, porque no las veo, porque saltan, porque aparecen, porque se mueven y no me dejan calcular mis pisadas. Siempre. En las noches, en la oscuridad, en los días, en la luz. Cuando llueve y cuando el sol del medio día del verano quema. Saltan, brillosas, pegajosas, cerca de mí. Me detengo, las miro. Quiero tocarlas.
Una noche, lo recuerdo bien porque fue apenas esta primavera, una ranita apareció, así de pronto, frente a mí. Yo creo que andaba de buenas porque cuando me le acerqué, no se movió. Me incliné hacia ella y la toqué, suavecita y babosa, chiquitita. Creo que me miró, creo que me entendió.
La aparté del camino para que los descuidos no la mataran y brincó, feliz, entre el pasto corto. Ya luego la veo cuando paso; me saluda de lejos.

martes, 26 de octubre de 2010

Gustavo Pérez: el delicado torno de sus manos*


*Entrevista publicada originalmente en La Nave, número 1, Julio-Septiembre 2009


Con los pantalones de mezclilla, los tenis y acaso el rostro llenos de barro, camino por la pequeña calle principal de Zoncuantla. El alegre sol de febrero completa la experiencia recién vivida. Apenas sin tocar el piso, respiro como si lo hiciera por primera vez. El aire entra a mis pulmones de un golpe y, en un instante, todo vuelve a la normalidad.
            Con ese entusiasmo nervioso que caracteriza a los encuentros fundamentales, camino ya serena con la inquietante certeza que me produce lo que acabo de hacer: husmear en la vida de otro. En su lugar, en sus cosas; en los detalles que hablan de un ser que, a saber por qué, es diferente del resto. Diferente porque encontró un camino, porque tiene una pasión en la vida. Diferente porque puede ser etéreo y terrenal, sublime y mundano, estar lejos del mundo y a la vez vivir en él. Diferente porque con sus manos modela y levanta un mundo aparte, un mundo material y tangible, que seguramente permanecerá cuando todos hayamos partido.
            Entre los dedos de Gustavo Pérez, el barro abandona su estado inanimado y adquiere forma, color, luz, movimiento; fuerza y belleza casi inasibles. En el delicado torno de sus manos, el barro adquiere vida.
La obra de Gustavo Pérez es seductora más allá de lo que la mente puede registrar. Amontonadas aquí y allá, dispuestas arriba y abajo, expuestas sobre y dentro de las repisas, las miles de piezas que se encuentran en su taller y en sus bodegas hablan de un hombre dedicado y sistemático, que se afirma en su espacio y se mueve en él como en casa: es su lugar. Este universo habla en contra de lo que Gustavo dice de sí mismo cuando asevera que no tiene talento; considera con una cierta ironía, que “haber pasado 22 años antes de encontrar mi lenguaje personal es para mí la prueba más clara de que no tengo talento. No fue nada fácil encontrarme algo. Curiosamente, lo hice después de veintidós años de estar desarrollando arduamente cosas que en un momento dado se concretaron en ciertos efectos, ciertas ideas formales que dieron lugar a piezas que rápidamente, de un año a otro, fueron percibidas y recibidas por todo el mundo con gran interés”.
Para Gustavo Pérez, la creación tiene que ver con el trabajo y con “aprender a abrir la llave de la creatividad, como si fuera un grifo que abres, una llave de agua, así es la creatividad y esto que parece misterioso no lo es tanto: hay una conjunción de factores. Por un lado está la técnica y el oficio, pero por el otro una atención y una voluntad de probar cosas nuevas, de ir al fondo en este esfuerzo de correr el riesgo formal, estético. Quizá también atender la curiosidad personal. Es decir, ser capaz de hacer eso que se antoja, lo cual parecería muy fácil, pero no lo es, porque eso que se está antojando hacer puede ser algo que haga fracasar la pieza que se tiene enfrente, que la eche a perder. Después de mucho trabajo para llegar a un equis punto, tener una ocurrencia que lo eche todo a perder… puede uno titubear, echarse para atrás y no hacerlo. Hay que decidirse a hacerlo, es parte del aprendizaje y del desarrollo”.
Con exposiciones en Los Ángeles, Nueva York, Dinamarca, París y la ciudad de México, el reconocido ceramista no descansa. Vive para la cerámica: es su camino ineludible. Y llega a él muy joven. En palabras de Fernando Solana: “cuando casi todos los demás practicábamos el lujo dilatorio que la juventud permite, Gustavo Pérez ya era ceramista. En ese mañana vago y distante, un mero espejismo apenas, el artista adolescente ya quería todo lo que estaba ante él. Pérez juntó el don y el deseo desde temprano: sus deseos quedaban satisfechos en la forma, en la humedad de las manos que llevan a ella, y el don era una certeza por encima de cualquier sinsabor. Todo eso lo hacía sutilmente distinto, no tenía que buscar porque ya había encontrado, no debía contradecirse para multiplicar verbalmente su vocación”.
            En su familia no hay antecedentes de vocación artística y como no tenía idea alguna de qué era lo que quería hacer, Gustavo intentó los caminos conocidos. Asistió a la universidad: ingeniería, matemáticas y luego filosofía. “En todos los casos, no conseguía verme dedicado a eso. No conseguía verme como ingeniero ni como matemático ni como filósofo, a pesar de ser campos fascinantes, interesantísimos, no me veía en un cubículo o en un salón de clases o escribiendo. No podía tener esa certeza que sí tuve cuando se trató de hacer algo con las manos y, sobre todo, con el barro. Eso sí lo tuve como certeza, lo puedo recordar, el pensamiento a los veintiún años: ‘esto es para toda la vida’”.
            De sus padres recibió el apoyo que cataloga de perfecto. En cuanto decidió dejarlo todo para dedicarse a la cerámica, su padre tuvo el muy buen tino de dejarlo a sus aires, con la gran responsabilidad de asumir la vida propia. Para el joven creador aquel momento fue una sacudida, pero considera que su padre fue muy sabio al dejarlo elegir.



Un camino de pasión y soledad

Asertivo y sereno, abre las puertas de su taller, de las bodegas, del estudio, a la mirada intrusa y curiosa que pregunta los qués y los cómos. No le gusta sentirse observado. Trabaja fundamentalmente solo. Aislado. “Trabajo con ayudantes, pero ellos están en el otro extremo del taller. Y yo estoy solo. Generalmente trabajo así. Creo que hay circunstancias muy particulares que determinan esta posibilidad de trabajar frente a alguien. Creo que la confianza lo puede permitir, una gran confianza. Tengo que hacer de vez en cuando demostraciones, acepto esto, invitaciones para dar un curso. Pero no doy cursos, doy demostraciones de un día, de unas horas; hasta ahí puedo dar mi tiempo, no me quiero comprometer a ir a dar una demostración de días, porque lo que se haga en ese tiempo normalmente no va a ser trabajo que perdure y porque el gran grupo de gente observando sí determina una actitud que no es la del trabajo real. Mi trabajo en general lo hago solo”.
Gustavo afirma que reflejarse en el arte, como persona, como ser humano con estados de ánimo y emociones, es natural. Para él su obra es como un diario, como una expresión de los lugares por los que ha pasado, en los que ha estado. “Es un desarrollo de esas muchas ideas muy personales, entonces es como el retrato de mi mente. Juan Villoro lo definió así en un texto, y de una manera que me gustó mucho, respecto a mis dibujos, que no son casi nunca representaciones del mundo. Él dice que mis dibujos son retratos de mi mente. Me parece perfecto porque yo sé bien que la forma en la que se construyen mis dibujos es en función de una cadena de decisiones; son como un proceso mental. ‘Aquí empieza esta línea, aquí acaba esta otra y esta de acá se corta o se conecta. Si se conecta con otra, esa otra va hacia arriba, hacia abajo, a la derecha o a la izquierda, recta o curva, corta o larga y al terminar, hay otra línea que va a jugar con ella, que la va a rodear o la va a cruzar o…’ Y todo esto es un jueguito de composición que hace muy válido considerar que eso es como un mapa de mi mente. Así está mi cabeza, por lo visto”.
            Define su elección por la cerámica como “una decisión en función de una intuición profunda”.  Es su pasión vital, algo que tenía que hacer. “La cerámica es para mí pasión. Lo supe de inmediato al encontrarme con el barro hace casi cuarenta años. Algo que no puedo dejar de hacer. Pienso que no es así para mucha gente. Son pocos los que caen en esa especie de prisión (milagrosa, pero dura también en muchos sentidos) que representa el saber con certeza absoluta lo que se tiene que hacer en la vida. José Emilio Pacheco escribió que la poesía es ‘el precio que algunos pagan por no saber vivir’... y aunque parece excesivamente dramática, su definición no me resulta inexacta. Saber vivir sería entonces lo que hacen los demás, ese adaptarse a lo cotidiano, a lo práctico, a lo que se puede compartir con todos los demás, hijos, pareja, sociedad. Porque el que vive una pasión, tiene frente a sí un camino de soledad, de exigencia infinita y quizás de insatisfacción permanente, siempre buscando ese absoluto elusivo que la pasión presenta como una meta inalcanzable”.
            Con todo, el artista irremediablemente solo, abre sus puertas a los jóvenes que lo solicitan, en correspondencia con “todas esas puertas que se han abierto para mí. La puerta de algún taller, la puerta hacia el conocimiento de tanta gente, tantas personas que han sido atentas, generosas, para comunicar lo que saben, para sugerir, para criticar. Pienso que sin esas personas generosas que he encontrado toda la vida, hubiera sido mucho más difícil o quizá imposible, la realización de mi carrera. Es por esa misma razón que correspondo hacia otros que se acercan a mí, con curiosidad y ganas de aprender, en general jóvenes. Entonces a pesar de nunca haber sido maestro, eso no significa no querer enseñar. Tengo toda la voluntad de transmitir lo que yo pueda saber a quien sea que se acerque”.
“Tengo la esperanza de que la enseñanza que yo pueda transmitir sea con mi trabajo mismo. Que mi trabajo enseñe algo. Un trabajo materializado. Trabajo expuesto. Exponer lo que se ha hecho en esta forma tan aislada y lejos en un tiempo mío puede constituir para algunos una enseñanza. O al menos eso espero”.

El riesgo y la independencia

Su sentido de la independencia, económica pero sobre todo artística, fue perseguida desde el principio. “Una independencia que naturalmente fue muy difícil de conseguir, de realizar, muy limitada por mucho tiempo, pero que siendo la única opción en un momento dado llega a ser menos difícil. Es una decisión importante  tratar de no tener a medias un sueldo, a medias la venta de la obra, a medias la creación, a medias la enseñanza; me pareció una trampa o por lo menos algo muy peligroso. En función de esta apuesta he conseguido mi independencia y esta dedicación plena de mi tiempo a mi propio trabajo”.
“Naturalmente todo artista tiene una problemática personal que es exigente y pesada y se tienen familias, hijos, tenencias, prediales, y vaya que es muy difícil pagarlos. A lo largo de muchos años en que nadie quiere lo que tú haces, que a nadie le interesa lo suficiente, el camino parece un callejón sin salida en muchas ocasiones. La posibilidad de traducir la producción a real modus vivendi toma mucho tiempo, muchos años; antes de eso estás sobreviviendo. Hay que entender también que al llegar a la solución material, existe el riesgo de querer asegurarse, de atorarse en el tipo de trabajo que es bien recibido. Pero hay que pensar que esa primera decisión que te llevó a ir por un camino de riesgo por definición debe ser sostenida. El arte es por definición riesgo. Y el riesgo se tiene que seguir corriendo”.

El encuentro del artista con el barro

Gustavo llega al barro, como muchos otros hacen en el camino de su elección en la vida, por eliminación de opciones. “Mis padres me hicieron trabajar, a los catorce años, durante unas vacaciones de escuela, en una fábrica en un área administrativa, de ayudante”. En ese momento se vuelve claro para él que no podría trabajar para nadie, ser asalariado. Le resultaba imposible. “Siguió esta duda por mucho tiempo y me condujo a la ciencia, a la filosofía, pero todo esto resultaba limitado, cerrado. Algo faltaba. Probablemente faltaba la posibilidad de ocupar el tiempo en este juego interminable que es el trabajo creativo. Es una cuestión muy importante que la creación artística, como dijo Borges, se hace para uno mismo. Se hace quizá para algunos amigos y, él lo dijo, también maravillosamente, para ‘atenuar el curso del tiempo’. Para que pase la vida, para soportar el paso del tiempo, para atenuarlo. Espero que lo que hago dé gusto y placer a algunos otros. Producir algo que puede ser tan efímero como la cerámica, que se rompe y a la vez que puede durar miles de años, debe significar algo, no sé qué. Significa algo inquietante para mí. Pero creo que también es muy importante ese atenuar el curso del tiempo: se ocupa la vida. Pasan los días y uno puede tener la ilusión de algo hecho, de tener enfrente el resultado de la actividad y eso basta”.
            En su permanente diálogo con el barro, el artista encuentra respuestas para sus propias preguntas, las de su propio mundo. “Hay muchas cuestiones que me planteo desde el principio, a partir primero de esta enorme ignorancia de la técnica y la historia de la cerámica, que poco a poco he ido conociendo en los museos y en los libros y tratando de precisar, percibir, dónde están mis habilidades, qué cosas de la historia de la cerámica me dicen más. Descubrí que hay muchas y muy variadas y que muchas de ellas están muy lejos de lo que yo soy capaz de hacer; mis admiraciones están dirigidas hacia lo que yo soy incapaz de hacer. Pero sí he podido conocer características que evidentemente son importantes para mí, como esta gran necesidad de precisión. Hay algo en mi personalidad, evidentemente, que requiere esta nitidez, esta precisión, esto que algunos consideran perfeccionismo y que para mí queda lejos como tal pero tengo que reconocerlo: la precisión en las formas, en el tratamiento de las superficies, en la aplicación de los esmaltes. Hay mucho de precisión en mi trabajo. Sé que existe un riesgo: el exceso de precisión puede significar frialdad. Y la cerámica fría es una desgracia. Yo espero y confío, en función de la pasión con la que trabajo, que no se dé esta frialdad en el resultado. Y otra parte es que el barro ayuda mucho a hacer cosas cálidas, el barro tiene esa naturaleza que permite obtener calidez y sensualidad”.
            “Hay un aspecto de sensualidad. Naturalmente tiende a ser sensual la posibilidad de considerar cuerpos a las formas que se construyen. Porque, ¿qué son todas las vasijas de la historia si no son continentes, cuerpos? Toda olla es un vientre y hablamos de su pie, de su panza y de su boca. Es antropomórfico. Pero corresponde bien. Si ves la forma de una vasija, es redondez, es un vientre, entonces ahí hay una muy fácil identificación para cualquiera”.
            Mientras respira pausadamente, selecciona las palabras con cuidado. Las piensa y antes de dejarlas salir, sin duda las vive. Su relación con el barro se ve enriquecida por un diálogo incesante. El barro le dice cuáles formas sí, cuáles no, qué colores desea y cuáles le son desagradables. En contacto con este creador, el barro habla, expresa, tiene personalidad. Esta relación implica para él la comprensión de las características y un diálogo donde el artista propone y escucha. “Con frecuencia le pregunto al barro que torneo y contesta: trabaja más despacio, o más fresco; no me gusta, me rompo, me caigo”.

Los juegos son cosa seria

La cerámica para Gustavo Pérez es un juego y “los juegos son una cosa muy seria. El juego no tiene nada de superficial. Porque no es nada más jugar, hay que jugar bien. Con los juegos que me gustan, como el ajedrez, la carambola, yo sé lo difícil que es jugar bien. Dificilísimo. Entonces asumo que jugar con la cerámica es muy difícil. Conseguir eso que uno cree significativo, eso que uno puede considerar valioso”.
            Hace un señalamiento palmario: en ese jugar, suceden accidentes y “los accidentes hay que observarlos. Siempre. Porque los accidentes son las rendijas que abren el camino hacia lo que no se conoce. Cuando uno realiza lo que la experiencia le ha permitido controlar, también sabe hacia dónde va, más o menos. Cuando uno se equivoca, cuando uno hace algo creyendo que va a llegar a tal lugar y no es así, en ese momento está teniendo uno la posibilidad de una revelación. Puede ser una revelación, aunque naturalmente puede ser también un fracaso”.
“En mi caso, todo lo afortunado ha sido alguna vez accidente. He tenido por accidente muchísimos hallazgos que para mí han sido muy importantes, son pequeñas tonterías, pequeños detalles en el tratamiento del barro; sin embargo, parece que han sido muy personales, han correspondido a eso que a mí me gusta, me interesa y me da curiosidad, eso que corresponde a mi sensibilidad, algo muy personal, algo profundo. Hablando con otros amigos artistas yo puedo comprobar que mis curiosidades son muy diferentes a las de mi amigo Gabriel Macotela, por ejemplo. Él y yo tenemos una sorpresa permanente de ver lo que a uno y a otro nos interesa; él piensa que yo estoy loco y yo pienso que él también lo está. Es una oportunidad de descubrir cómo ante una disyuntiva formal, yo tomo un camino con toda claridad, como si fuera el único, un camino que para otros parece absurdo, impensable. Y ese es el que tienes que seguir, el tuyo, el que a ti te gusta. Esto puede poco a poco ir llevándote a ese conocimiento más profundo de tus ideas formales y estéticas que pueden llegar a tener, después de muchos años, una cierta concreción, una cierta claridad. Pero esas ideas siempre seguirán siendo tentativas, porque pueden irse modificando y se van modificando con el tiempo. Uno debe tener esa misma actitud de riesgo permanentemente. Estos artistas que llegan a algo que representa éxito, reconocimiento y después simplemente le dan la vuelta a la misma tortilla el resto de la vida, se quedaron detenidos ante el desarrollo posible. Abundan los ejemplos de artistas que han corrido el riesgo a fondo, pero también abundan los que, habiendo descubierto una manerita ‘exitosa’ se quedan en ella y le dan vueltas a la misma idea el resto de su carrera”.
            Mientras lo miro trabajar, absorta, habla de las formas y de sus diálogos con el barro. Casi puedo escucharles platicar y de vez en vez, pareciera que no estoy allí, observándole, grabando su voz y el ruido del agua y el zumbar del torno. Después lo observo con sus manos grandes, toscas y tersas, acariciar las formas. Las amasa, las corta, las estruja, las posee; las mira de nuevo de lejos y se acerca, les susurra un movimiento y las moldea de nuevo, les da vida. ¿Juegan el juego de la seducción frente a mí?
            Siempre con la sencillez en los labios, habla de cómo el barro ha llegado a ser fácil para él. Supongo esto se debe a que no se le niega, a que se pliega, a que se acomoda al ritmo de su comunión con él. Pocos creerían, al ver el trabajo finalizado, que le ha tomado minutos conseguir la precisión tan añorada y tan suavemente conseguida.
“Sé que cuando algo me interesa, cuando algo vale la pena, es siempre simple, siempre fácil. Tiene que ser así. Si algo es muy elaborado, complejo de realización, me da desconfianza, no creo que sea tan bueno. Generalmente lo que creo que vale la pena, es muy fácil, muy natural. En este sentido se parece un poco a la naturaleza, que hace bellezas inalcanzables, probando, con posibilidades; es lo que la teoría de la evolución nos muestra. La naturaleza ha ido probando, ha tenido tiempo para ir produciendo todo lo que tenemos en el mundo natural”.

Las familias

En forma retrospectiva, el autor habla sobre su obra estableciendo periodos o épocas. En ellos, las series de piezas representan cada una una época que marcó el desarrollo de su trabajo creativo.
“Hubo unos años en los que me dediqué a dibujar con mis navajas en las superficies de mis formas. Fueron los años del dibujo. Dieron lugar a los años de las piezas que algunos críticos llamaron heridas, con los cortes que se abren. Entre el dibujo y las heridas, diez años. Después hubo un momento en que dije: ‘esto se queda a un lado, yo quiero otra cosa’, y me dediqué a plegar piezas, a doblarlas. Fueron unos siete años. Años muy interesantes porque hubo muchas galerías que no entendieron que ya no iba a haber piezas ‘dibujadas’, de las que tanto les interesaba vender y de alguna forma trataron de presionarme para que volviera a ser el que les convenía”.
            “Luego vinieron las piezas comprimidas. Después de dobladas, empecé a comprimirlas completamente hasta llegar a hacer como bloques, a partir de una pieza torneada, que podía medir 50 centímetros, terminar con un bloque de 15 x 15 cm. Eso fue llevar al extremo el desarrollo de las piezas dobladas. Y tenía la intuición, como sucedió, de que estas piezas tendrían que abrirse de nuevo y eso está sucediendo en este año 2009. Y se me está antojando de nuevo dibujar sobre ellas”.
En la época de los pliegues y las compresiones, llegaron los murales. En su taller, entre el suelo y las bodegas, bien podrían armarse unos diez murales. Pero cuenta distraído: “me siento tan ocupado y tan fascinado con las piezas que estoy haciendo ahora que los murales los voy a armar un día de estos. Si alguien me dice: ‘quiero un mural de tantos metros cuadrados’ entonces es el momento de ponerse a hacer el mural. Los elementos ahí están y he estado armando posibilidades. Simplemente no me he dado el tiempo para eso porque estoy mucho más divertido haciendo esto”.
Este es el momento en el que se siente actualmente. Sin embargo, afirma que los momentos de sus piezas se mezclan. Generalmente hay más de un tema que está desarrollando al mismo tiempo. Habla de series, de familias que se tocan y a la vez se complementan. Un artista con una gran voluntad y disciplina de llevar a fondo el trabajo sobre un tema, pero a la vez abierto al juego, a la investigación y a los accidentes. Un curioso natural que se abre ante las posibilidades de sus manos, del diálogo con el material y de la creatividad. La nueva serie es un tema que para Gustavo Pérez siempre se está cocinando.
En su obra, el dibujo se asoma con insistencia. Es un elemento que complementa las piezas, los colores, las formas. Es un aspecto fundamental que pertenece a ellas. “El dibujo sobre la superficie de cualquiera de mis piezas tiene que pertenecer a ella, no puede ser hecho de acuerdo a ideas previas realizadas sobre papel o sobre otra pieza diferente. Antes de dibujar sobre una pieza la observo a fondo, a veces por largo rato, preguntándome (preguntándole) qué quiere, qué le corresponde, qué necesita como... un vestido. Porque de alguna manera el dibujo es eso, algo añadido a la piel de la forma. Y sabemos bien que al igual que no cualquier ropa le va a una persona, a una forma tampoco le puede asentar correctamente cualquier diseño sobre su piel. Por eso es que la pausa de reflexión acerca de lo que voy a hacer sobre ella toma a veces mucho tiempo, y hay ocasiones en las que aun sabiendo que la voy a dibujar, simplemente no puedo decidir cómo hasta después de varios días. La dejo a un lado y espero a que ‘me diga’ lo que quiere”.
“Con frecuencia esta reflexión es no solamente con los ojos sobre la forma. La tengo que tocar. Porque es acariciándola que descubro con frecuencia lo esencial de su forma, las líneas de fuerza que la constituyen, la forma en que sus planos y sus curvas se conectan. Y esto hasta que tengo la certeza (bastante misteriosa y profundamente subjetiva, pero certeza al fin) de dónde va a ir la primera línea del dibujo, si va a ser recta o curva, hasta dónde llegará. Y de esa línea en adelante el dibujo se hace casi solo... de una línea a la siguiente, hasta que (también arbitrariamente) siento que está terminado, o mejor dicho (como creo que Klee lo definió), el momento en que lo abandono para pasar a otra cosa, a la siguiente pieza”.


Han pasado ya casi dos horas. Con la elegancia de un caballero que aprecia sus palabras, mira de reojo el reloj para hacer notar que el pacto se ha cumplido. El demiurgo se torna humano y la vista resbala, como las manos de Gustavo Pérez, intentando asir esa belleza que momentánea pero de sustrato milenario nos mira de frente.

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