"Una mujer que se corta el cabello está a punto de cambiar su vida", decía Gabrielle Chanel, una inteligente y ambiciosa diseñadora, considerada una de las mujeres más influyentes del siglo pasado.
Coco Chanel tenía razón. El cabello largo fue durante 34 años de mi vida un símbolo que me conectaba con mi interior, con el amor, con mi femineidad, con mi familia, con el Universo. Las dos veces que me lo corté, fue una tontería o una autoflagelación que sufrí desmedidamente.
Hace años decidí cortarme el cabello, precisamente como un símbolo de terminar con cosas que ya no quería en mi vida. La muerte de mi papá en 2011 y la irremediable conexión de mi cabello con él, a quien tanto le gustaba.
Después, en 2013, vino la muerte de quien yo creía mi gran amor y la necesidad de cortar de tajo el dolor, el desencanto, la desazón. En un par de años, lo que quería cortar era mi absoluta incapacidad para asumir que no debía quedarme donde mi presencia no era apreciada; estaba locamente enamorada entonces de un buen hombre que nunca supo cómo quererme, ni cómo quererse a sí mismo y a quien me aferré de todas las formas posibles.
Durante esos años lo decidí, pero no pude. Y entonces entendí que el asunto se trataba de poner las cosas en orden en su fondo, para después poner orden en la forma.
Me corté medio metro de cabello en vísperas de mi cumpleaños 34, con lágrimas en los ojos. Y hace unos días, por una razón estética, terminé con el asunto en un precioso y mal llamado boy cut.
El cambio está hecho, los duelos completados y las cosas en su lugar. Hacía mucho que no me sentía tan libre y ligera. Y claro, iré por la calle diciendo que lo que me pesaba era el cabello.
domingo, 27 de marzo de 2016
Boy cut
martes, 12 de mayo de 2015
HBR - Inteligencia Emocional
Inteligencia emocional
Publicado originalmente Harvard Business Review
*Muriel Maignan Wilkins
En mis diez años como coach ejecutivo, nunca he visto a alguien levantar la mano y
declarar que tiene que trabajar en su inteligencia emocional. Sin embargo, no
podría contar el número de veces que he oído gente decir que lo único que su
colega tiene que trabajar es en la inteligencia emocional. Ese es el problema:
los que más necesitan desarrollarla, son los que menos se dan cuenta. Los datos
que muestran que la inteligencia emocional es un diferenciador clave entre “colaboradores
estrella” y el resto, son irrefutables. Sin embargo, hay algunos que nunca
abrazan dicha habilidad -o quienes esperan hasta que es demasiado tarde.
Tomemos
a Pedro (no es su nombre real), un cliente de coaching, quien mostró un enorme potencial y una fuerte capacidad
para dar resultados para su empresa. El problema con Pedro era la forma en que
conseguía dichos resultados. Cuando se les pidió describirlo, sus colegas
decían cosas como: "es un elefante en cristalería", "tiene los
codos afilados;" y "deja cadáveres al pasar". Su manera de
operar era insostenible. No era capaz de motivar, atraer y retener al buen
talento. Sus subordinados señalaron la frecuencia con que Pedro parecía no
darse cuenta de que los degradaba. Su jefe comentó la impaciencia de Pedro y su
propensión a atacar a sus compañeros. Cuando compartí esta retroalimentación
con él, Pedro parecía desconcertado y estaba convencido de que yo había
entendido mal. No tenía la conciencia de sí mismo o la empatía, que son
características de la inteligencia emocional.
Algunos signos reveladores que usted necesita
trabajar en su inteligencia emocional son:
- A menudo siente que los demás no entienden lo que usted quiere decir y se siente impaciente y frustrado.
- Se sorprende cuando los demás son demasiado sensibles a sus comentarios o chistes y cree que están exagerando.
- Cree que caerle bien a los compañeros de trabajo está sobrevalorado.
- Es muy intenso con sus afirmaciones y las defiende con rigor.
- Tiene expectativas igualmente altas para usted mismo y para los demás.
- Los otros siempre tienen la culpa de los errores en su equipo.
- Le resulta molesto cuando otros esperan que usted sepa cómo se sienten.
¿Qué hacer si se reconoce a sí mismo en esta
lista? Aquí hay cuatro estrategias:
1. Obtener retroalimentación. No se puede
trabajar en un problema que no se entiende. Un componente crítico de la
inteligencia emocional es la auto-conciencia (la capacidad de reconocer y
mantenerse consciente de los comportamientos propios). Ya sea que participe en
una evaluación de 360 grados, o simplemente pregunte a algunas personas lo
que observan. Este paso es fundamental en el aumento de su sentido de lo que
hace o no hace, y no busque excusas para su comportamiento; eso echa a perder
el propósito. Más bien, escuche las opiniones, trate de entenderlas, y hágalas
suyas. Cuando Pedro se enteró de lo que los demás pensaban de él, rápidamente
se puso a la defensiva. Pero cuando aceptó las opiniones, se volvió dueño de la
situación y decidió cambiar.
2. Cuidado con la diferencia entre la
intención y el impacto. Aquellos con una débil inteligencia emocional a menudo
subestiman el impacto negativo de sus palabras y acciones sobre los demás.
Ignoran la diferencia entre lo que quieren decir y lo que los demás realmente
escuchan. He aquí algunos ejemplos comunes de lo que las personas con baja
inteligencia emocional pueden decir y cómo es percibido:
- Lo que usted dice: "Al final del día, se trata de hacer el trabajo”.
- Lo que otros oyen: "Lo único que importa es el resultado y si algunos se sienten ofendidos por el camino, no me interesa".
- Lo que usted dice: "Si yo puedo entenderlo, cualquiera puede”.
- Lo que otros oyen: "Tú no eres lo suficientemente inteligente como para entenderlo".
- Lo que usted dice: "No veo cuál es el gran problema”.
- Lo que otros oír: "No me importa cómo te sientes”.
Independientemente de lo que vaya a decir,
piense en cómo sus palabras van a impactar a otros y si eso es lo que desea que
sientan. Pedro era famoso por decir cosas que ponían los “pelos de punta” a los demás, pero comenzó a considerar el
impacto de sus palabras. Antes de cada reunión, tomaba unos minutos para
preguntarse: ¿Cuál es la impresión que quiero dar?, ¿Cómo quiero que la gente
se sienta sobre mí al final?, ¿Cómo tengo que enmarcar mi mensaje para alcanzar
ese objetivo?
3. Ponga pausa: Tener una gran inteligencia
emocional significa tomar decisiones sobre cómo responder a situaciones, en
lugar de tener una reacción instintiva. Por ejemplo, Pedro tendía a interrumpir
y derribar ideas de otras personas antes de que pudieran siquiera completar sus
pensamientos. Este comportamiento fue una reacción a su miedo a no tener el
control de la discusión y perder el tiempo. Así que empezó a tomar pausas antes
de reaccionar. Hay dos pausas importantes que se deben considerar:
- Pausa para escucharse. Cuando Pedro se impacientaba y se sentía frustrado en las discusiones, a menudo apretaba la mandíbula y su pecho se tensaba. Al reconocer estos signos físicos, fue capaz de hacer una pausa y recordarse a sí mismo que temía perder el control. Como resultado, Pedro era más capaz de determinar la forma en que quería responder, en lugar de ceder a su reacción de arremeter.
- Pausa para escuchar a los demás. Escuchar significa ayudar a los demás a sentir que los ha entendido (incluso si no está de acuerdo con ellos). No es lo mismo que no decir nada. Se trata simplemente de dar a otros la oportunidad de expresar sus ideas antes de saltar.
4. Use los dos zapatos. La gente a menudo
sugiere "ponerse en los zapatos del otro" para desarrollar la
empatía, un componente clave de la inteligencia emocional; pero tampoco hay que
desestimar cómo se siente uno mismo. Para ello, es necesario “usar ambos
zapatos” -la comprensión tanto de su agenda como la de los demás y ver
cualquier situación desde ambos lados. Pedro cambió su enfoque de "Aquí
están mis preocupaciones" a "Estos son mis problemas y escucho sus
preocupaciones. Vamos a determinar un camino a seguir que tome en cuenta a
todos".
El fortalecimiento de su inteligencia
emocional requiere compromiso, disciplina, y una creencia genuina en su valor.
Con el tiempo y la práctica sin embargo, usted encontrará que los resultados
obtenidos superan con creces el esfuerzo que se tardó en alcanzarla.
*Muriel Maignan Wilkins es co-fundadora y
socia gerente de Paravis Partners, una empresa de coaching y desarrollo de liderazgo ejecutivo. Es co-autor, con Amy
Jen Su, de Aduéñese del espacio: Descubra
su voz para dominar su presencia de liderazgo.
Publicado originalmente Harvard Business Review
Diciembre de 2014
sábado, 9 de mayo de 2015
Francisco
I
Hace varios días que me escribió, por correo electrónico. En
mi bandeja de entrada saltó su nombre y casi instintivamente, abrí su mensaje.
No sabía, y todavía no sé, qué cosa quería decirme. Lo que sí
sé es lo que quiero decirle, después de leerlo. La verdad es que no necesito
pretexto ni explicación –este es mi blog, pues- pero necesitaba una tarde harto
calurosa como ésta, el silencio alrededor que solo se interrumpe por el
ventilador y se acompaña por la música tenue de alguna playist que hallé en
Spotify...
A mí me llaman optimista patológica, Francisco; de manera que
no estoy de acuerdo con aquello que afirmas sobre la madurez. Lo que me
enseñaron a mí, mientras me educaban, fue que había que trabajar muy duro para
cambiar las cosas que no me gustaban en mi vida. De tal suerte que no suelo
conformarme. Tampoco me creo una obstinada sin causa: de alguna manera mi madre
–el mérito es todo de ella- me hizo entender también que hay empresas que no
valen la pena, o que llegan a un momento en que es mejor apagar e irse.
Estaría de acuerdo con la dicotomía con la que tratas a la
felicidad (las cosas que van bien, dices tú) y supongo que sucede así porque
las cosas que salen bien normalmente vienen acompañadas de ese velo místico y
les atribuimos la causalidad, digo yo que porque nos sentimos pequeños en todo
momento. Lo mismo pasa con el otro extremo: pero hay que agregar a un villano
para que la cosa adquiera sentido –al menos en nuestras novelas personales-
cuando quizá ni entendemos de qué van.
Por mi parte, cuando quiero pensar, prefiero correr. Me pongo
los tenis, salgo (si es bajo el sol de la costa, mejor) y reproduzco alguna
playlist, hasta que es ese mismo pavimento, o la pista, o la arena, lo que se
mueve bajo mis piernas. Es así como mis pensamientos se acomodan a sí mismos en
mi cabeza y a veces, sólo a veces, me golpean con una contundencia pasmosa.
No sé, todavía no sé, qué es lo que querías decirme. Fue precisamente
eso, el final de tu carta, lo que me llevó a encender otro cigarrillo y
preguntármelo de nuevo…
lunes, 13 de abril de 2015
Las casualidades no existen
La
noche del 3 de octubre de 2019 soñé que se construía un gran puente y una presa
sobre el río Cutzamala. Preocupada, le llamaba a Eduardo Galeano por teléfono
para contarle de todos los árboles devastados y los animalitos despojados. Dú,
como le decía desde entonces, de cariño, venía a México –como sucede en los
sueños, de prisa, sin problemas de agenda o logística- desde Montevideo y
cuando llegaba, paseábamos en bicicleta, pedaleando muy rápido, a lo largo del
puente que nos afligía; veíamos niños pequeños, en patines, corriendo, en
bicicletas, jugando y volando papalotes y sonriendo. Era así como la presencia
de Eduardo lo arreglaba todo.
A
la mañana siguiente, queriendo recrear el sueño, salí a pasear en patines. A
pesar de ser otoño, era una mañana soleada en Xalapa, lo recuerdo muy bien.
Anduve hasta quedar exhausta y me tumbé en la hierba a leer el Purgatorio de Tomás Eloy Martínez. Me
encontré ahí por primera vez con la canción Muchacha
ojos de papel, de Luis Alberto Spinetta. Apresurada, llegué a casa buscando
la canción en línea –bendito internet- y la encontré. También, en la búsqueda,
saltó Barro tal vez, donde Spinetta
canta con Mercedes Sosa. Entonces me enteré que La Negra falleció esa
madrugada.
Como
respuesta al correo donde le contaba mi sueño y mis descubrimientos hilvanados,
Galeano respondió:
"Las
casualidades no existen. Encuentros y desencuentros tejen la vida, mintiendo
que son casuales. Yo no creo en la fatalidad del destino, pero sí creo que las
voces suenan respondiendo llamados, aunque las voces no sepan quién las llama,
ni de dónde".
Hoy
el mar de fueguitos que es el mundo perdió uno de esos que “arden la vida con
tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear”. Uno de esos fuegos que
encendió mi vida, mi mente, mi pensamiento, mi sentir. Hoy al mundo le falta un
fuego y al cielo le sobra una estrella.
Buen
viaje, querido Dú.
![]() |
| En la ceremonia en que Marcelo Ebrard entrega las llaves de la Ciudad de México a Eduardo Galeano. Febrero de 2010. |
domingo, 29 de marzo de 2015
Domingo de Ramos
Mi padre fue un hombre que nació, vivió y murió pobre. De
los bolsillos. La riqueza de su alma era, al menos a lo que hace a mí,
desarmadora. Tengo 33 años, hace cuatro que se fue, y las pequeñas cosas con
que llenó mi vida, permanecen. Su voz amorosa, sus llamadas sin sentido, sus
consejos para manejar o tratar a los demás, su alegría impermeable, su ternura
avasalladora...
Cada Domingo de Ramos, mi padre traía a casa palmitas de las
que venden fuera de las iglesias -ignoro si las llevaba bendecir o no- y
obsequiaba a mi madre con una. Conforme fui creciendo, me gustaba esperar ese
día para ver llegar a papá con palmitas.
Para los católicos -nosotros no lo somos- los ramos "no
son un talismán o un simple objeto bendito, sino el signo de la participación
gozosa en el rito procesional, expresión de la fe de la Iglesia en Cristo,
Mesías y Señor, que va hacia la muerte para la salvación de todos los hombres.
Por eso, este domingo tiene un doble carácter, de gloria y de sufrimiento..."
Para mí, los ramos, las palmitas, son precisamente eso, un talismán, un objeto
que se acumula en mis recuerdos para traerme cada año la amorosa presencia de mi padre,
cuando tanta falta me hace, me sigue haciendo, como hoy.
Cada Domingo de Ramos, ahora yo, voy a traer palmitas para mi casa, las llevo sin bendecir, pero son sagradas.
sábado, 28 de marzo de 2015
Él sabe
Mientras desayunábamos, crucé una pierna sobre otra, un tobillo en la rodilla opuesta.
Él tocó el pedazo de calcetín rosa que salía de mi tenis rojo y, mientras me miraba dulcemente, como sólo él me mira, dijo:
"Oiga, pero esa calceta no combina con sus zapatos rojos. ¿Qué pasó ahí?"
Sonrojada, me apresuré a explicarle que recién había salido de la cama, que las prisas, que las carreras.
Pero de las combinaciones, de la cara de recién salida de la cama, de mis mejillas sonrojadas, de los verbos, de los sentimientos... él sabe.
Él tocó el pedazo de calcetín rosa que salía de mi tenis rojo y, mientras me miraba dulcemente, como sólo él me mira, dijo:
"Oiga, pero esa calceta no combina con sus zapatos rojos. ¿Qué pasó ahí?"
Sonrojada, me apresuré a explicarle que recién había salido de la cama, que las prisas, que las carreras.
Pero de las combinaciones, de la cara de recién salida de la cama, de mis mejillas sonrojadas, de los verbos, de los sentimientos... él sabe.
lunes, 1 de julio de 2013
Las perras son mágicas
Esta fue la frase que, literalmente, terminó con mi angustia de abuela primeriza de cachorros chihuahua. Eduardo Gazol, el veterinario de Neneya, las pronunció ante mi nerviosismo por la cercanía del día del parto. “Las perras son mágicas”, dijo, y me explicó con lujo de detalle cómo estos animalitos se preparan, escogen el mejor momento para parir y lo único que hay que hacer es acompañarlas y ser testigos de la maravilla de la vida. A continuación me dio todos los consejos habidos y por haber y respondió todas mis puntuales y curiosas dudas.
Con sus ojos claros y serenos, me fue quitando de a poco la ansiedad y me ayudó a quedarme tranquila y a transmitirle esa sensación a Neneya. Sus tres cachorros y ella iban a necesitarla.
viernes, 14 de junio de 2013
La búsqueda del padre
Y guardo entre
mi ramo de azahar
mil cosas de
chiquilla
las horas que
pasé junto a ti
sentada en tus
rodillas
Uno
En agosto de hace dos años viajé a DF para un
encuentro que se volvió súbitamente parte de mi búsqueda. Enrique Alfaro me
había obsequiado con su novela Telemaquia,
en mayo de ese mismo año. Llegó a mis manos inopinadamente y estuvo un par de
semanas en mi pila de libros por leer, para convertirse después en una de esas
cosas que refrendan las creencias de los jóvenes en un orden universal.
Aquel día, 10 de agosto, mucho antes de la hora
señalada estuve ahí, puntual. Para mi sorpresa, el centro Xavier Villaurrutia
reservó un muy pequeño salón, con unas diez, quizá 15 sillas, para la presentación
del libro.
Lectora joven
sin mayores pretensiones que el disfrute, asumí que la novela me había rebasado
desde la página 15 y me emocioné al grado religioso de saber que Enrique me la
había entregado en las manos y esperé todavía unas dos o tres semanas para abrir
el tesoro que me esperaba: una ruta para buscar los trazos del mapa que me
conduciría a mi padre semi ausente y recientemente muerto. Incrédula, yo.
Y ahí
estaba, con el salón pequeño, casi vacío, sorprendida porque en mi ingenuidad,
estimé que todo el centro Villaurrutia debía estar lleno de telémacos amorosos,
llenos de ilusiones, de odios, de esperanzas, ansiosos de buscar, de encontrar.
Pero no era así.
Después de unos minutos, Telémaco hizo su magia. De la
nada y de todas partes, comenzaron a llegar los aventureros. Ulises se hubiera
sorprendido de ver la fuerza y el poder de convocatoria de su hijo, quien lleno
de valor y satisfacción, colmó también la sala de aquel centro, antes vacía.
Agregaron una hilera de sillas más, dos, tres… cuando
miré hacia atrás, no podía contar a los que llegaron. Es verdad que no eran
cientos pero entonces tuve la certeza de que habían llegado los que tenían el
deber de llegar. Y pensé, para mis ingenuos adentros que no era sólo mi
impresión, sino que la búsqueda del padre nos convocaba a todos, de diferentes
maneras, con diferentes orígenes y destinos.
Dos
Tengo entendido que la gente no mira arriba cuando
sube las escaleras ni cuando camina por las calles ni cuando pasea en los
centros históricos. Por eso no me sorprendió encontrarlo antes de tenerlo
enfrente. Lo miré al subir con mis ojos curiosos de siempre. Subí las escaleras
a la carrera, con mis botas todo terreno
y mis jeans ajustados y mi playera de
Welcome to Vegas, para encontrarlo
perfectamente trajeado, con los cabellos bien peinados, encorbatado y muy
serio, a las grandes charlas, frente a su presentador.
Ya sabía
que se trataba de un caballero casi inglés como Paul Stephenson, por eso no me
sorprendió que se levantara casi ceremonioso de su asiento y me saludara tan cortésmente.
Pero además de eso, fue cálido y cercano e incluso me agradeció haber asistido.
Sí,
claro que quería verle, por supuesto que quería acompañarle, sin duda las
presentaciones de libros son de mis eventos sociales favoritos (nunca dicho sin
sorna)… pero si a todo ello, agregaba la motivación del momento que atravesaba
–o me atravesaba mí– la que debía agradecer era yo. Y le agradecí otra vez.
Tres
Terminé de leer la novela casi al final del mes de
junio. Con estas palabras, le contaba a Enrique Alfaro por correo electrónico,
mis sentimientos sobre la lectura:
“Cuando llegué a Telemaquia, no sabía a lo que me
enfrentaba… Me encontré con Paul con gran asombro, como un hombre en búsqueda
del padre ausente y que vive también, de la mano de esa búsqueda, el proceso de
separación a que la muerte nos obliga.
Todos los hijos –los de padre ausente, los de padre
semi presente y los de padre presente– emprendemos esa búsqueda, de una u otra
manera. O al menos eso creo. Yo emprendí esa búsqueda, de mi padre semi
presente, a tiempo. O al menos eso creo. Para el día que lo desahuciaron,
nosotros habíamos hecho las paces. Y las habíamos hecho mucho tiempo atrás. Por
eso fue, también, que pude/puedo mantenerme tan serena ante su partida, a
diferencia de otras personas cercanas a él. O al menos eso creo.
Igual que Paul, viví la muerte de mi papá. Sólo que mi
caso fue muy distinto. Aunque no fue el mejor papá del mundo, tuve un padre
bueno. Mi padre fue un buen hombre. Mi padre fue un buen hombre con un gran
corazón. Conocí la ternura sentada en sus rodillas y aprendí que el amor de un
varón debe ser generoso, cercano, sutil. Entendí años después que su cercanía y
su presencia me preservaron de abusos, de padecimientos, de experiencias que
todas o casi todas las otras niñas vivieron y que para mí, se transformaron en
una dulce presencia.
Me regaló todas las veces que estuve con él, incluso
de mayor, una gran sonrisa. Las amarguras y sus penas –que no eran pocas- las
ocultó tras una discreción que apenas ahora, a mis casi 30 años, valoro en su
real dimensión”.
Cuatro
En la presentación se comparó a Alfaro con Proust.
Gente que dice que sabe y que lee, dijo que la novela rebasaba por mucho
cualquier expectativa. El tema había sido elegido cuidadosamente, haciendo
incluso casi imposible para el escritor superarse (esto último, para mí está en
tela de juicio), además de que la trama estaba impertérritamente organizada,
colgada de un suspenso exquisito e hilvanada para cautivar al lector.
Jorge F. Hernández, mejor conocido en el mundo
literario como George Clooney región 4, llamó poderosamente mi atención al
afirmar lo que ya suponía: la novela está hecha para leerse en voz alta. Lo que
se traduce también al español como: es novela y además es poesía.
Y yo que pensaba en Telemaquia como la historia de vida de Enrique, contada
fidedignamente. Alfaro Llarena da más de lo que se espera de él, más de lo que
se supone debiera dar e imagino también que más de lo que, de sí mismo
esperaría. Esto último por supuesto, debe ser la mejor parte.
Le pregunté qué se sentía tener una sala pequeña, para
diez y que lleguen 50, quizá más personas. Muy modesto él, no contestó. Pero sí
firmó, generoso, los dos libros que compré para mis más queridas telémacas,
Diana y Sol Anaid. También, atento, hojeó mi libro señalado, subrayado, lleno
de banderitas y marcas que son mías y que soy yo: ‘Eugenia, ¿qué hiciste?’, me
dijo con un rostro asombrado. Y sólo hice lo que debí: leer atentamente,
buscar, volver a leer. No fuera a pasarme desapercibida alguna señal que estoy
buscando.
Yo que no conozco a Enrique, que de él poco o nada sé,
viajé cinco horas de regreso con un dulce, intenso y generoso final de boca de
haber probado su Telemaquia, un
desbordado hallazgo en la búsqueda de mi padre.
viernes, 7 de junio de 2013
Un navío un amor
Quetzalli y Enrique festejaron su boda en Veracruz, a orillas del río
Jamapa. A Quetza (como la llamamos los amigos) la conozco desde hace unos diez
años, quizá más. Una de las cosas más bellas en ella es su generosidad, pero
indudablemente la razón primera para envidiarla es su naturalidad. Ya sea que
haga relaciones públicas o que exponga en una clase o que vaya en flats
atravesando la Nápoles, es la misma: parece que nació para hacer lo que hace.
El día de su boda no fue, por supuesto, la
excepción. He visto novias hermosas y ella; iglesias desbordantes de flores y
la de Santa Ana cuando ella entró; vestidos lindos y su preciosos vestido que
cobijaba delicadamente su unión libre; fiestas amorosas y esa celebración a
orillas del río Jamapa que se antojaba sacado del mejor cuento de princesas de
esos que escuché de niña.
Pero Quetza no es una princesa, no no. Es
una mujer en la más amplia expresión de la palabra. Independiente económica y
emocionalmente, se abrió paso en la capirucha en la difícil industria de las
relaciones públicas (otra vez, como si hubiera nacido para ella). Quetza es
autora de una de mis frases favoritas: como entrevistadora, puedo ser un buldog
amarrado.
Entre aplausos y gritos de felicidad
compartida, aquel día primero del mes de junio, Quetza entró a la iglesia de
Santa Ana, deteniendo el instante en que el universo aguardaba por ella. No
había excesos en su arreglo y sin embargo parecía haberse preparado toda la
vida para llegar ahí, preciosa, feliz, sonriente, enamorada. El festejo
continuó a lo largo de aquella tarde, en la misa y después en el jardín de
fiestas Shangri-La (que hace honor al paraíso de felicidad interminable
descrito por James Hilton en Horizontes perdidos), con los invitados zapateando
al son de Tlen-Huicani, con esa hermosa mujer mirando a los ojos a su amado, robando
palabras a Adele para decirle que desde ahora es su one and only, con las mujeres solteras corriendo, tomadas de la
mano, a su alrededor con la esperanza de adueñarnos del codiciado ramo.
Mientras atestiguaba todo aquello, mientras miraba a las
mujeres andar en zapatos bajos, los vestidos llevados por la brisa suave,
mientras sentía los últimos rayos del sol, los de la puesta, mientras veía a
Quetzalli reír feliz entre aquel paraíso que sin duda estaba a la altura de sus
sueños, pensaba en el poema de mi querido José Luis Rivas, Un navío, un amor:
I
Las muchachas sandalias en la mano
de puntillas por entre resbaladizos
peñascos de escollera los pies
tantean en principio
antes del salto irreprimible
de
roca en roca
los vestidos al vuelo
con ráfagas que esparcen un aroma de espliegos
las prendas interiores pegadas a los cuerpos
transpirando salobres
las piernas por delante
asomando la espuma de la rizada blonda
los pechos estallantes
despareja marea de grupas y caderas
el roción de las olas arrojando
su atarraya irisada
por donde todos descendíamos en escala
risas de fulgurantes dentaduras
el sol picando el dilatado bochorno
y el aullante pinar de la avenida costera
ante la Isla de Lobos
II
La cabaña de otates
entre los médanos
y la muchacha
que aporta en la ribera
con su proa de encaje
y la gaviota tijereteando
las espiras de su propio descenso
hasta rasar la arena
las palmeras rizándose de brisa
como los zumbadores
de un papalote
que cosquillea las nubes
cierta tarde sumida al fondo del ancón
los horizontes
que tiran de su pecho
bajo el escote
el deseo
sus íntimas marismas
la pardela que en remolino parte
un navío un amor
y la ráfaga
que ondula las pestañas
como el correo de papel de china
que asciende poco a poco por el hilo
de vibrante pandorga
multicolor fondo escotado de las islas
seda licra jersey
en hiladillo sobre la piel
que aspira a bocanadas
inmensidad y regreso ~
A todos nos llega el día de conocer la envidia, de
mirarla a los ojos, de sentir ese suave arrullo de ver pasar el objeto de tal
sentimiento y casi, casi, acariciarle. No sueño con una boda como la de Quetza;
nunca lo hice. Y sin embargo, ese día sentí la llamada envidia de la buena,
pues reconozco en este acto de amor un momento maravilloso e irrepetible que
conmina, que invita, que convida. ¿Y qué es el amor sino un contagio, un
impulso, un sueño compartido, un manto bellísimo que cobija a propios y
extraños?
viernes, 31 de mayo de 2013
Primera cita (for dummies)
He tenido muchas primeras citas. Empecé a tenerlas desde los
16 y hoy tengo casi 32. He salido con muchos hombres en la segunda mitad de mi
vida y sigo soltera… así es que sigo aceptando todo tipo de citas. Desde
invitaciones al café, al cine, a comer… pasando por invitaciones a cenar o
expresamente a “ir a un lugar más privado”. De todos colores y sabores para los
conocedores.
En gusto se rompen madres, pero
creo que, en general, las mujeres heterosexuales tenemos ciertas preferencias a
la hora de convivir por primera vez con algún prospecto, ya sea de galán, de
acostón o de amigo.
En una de tantas citas, empecé a
recopilar algunos datos que hoy toman forma de post y se convierten en
consejos. Hombres heterosexuales, tomen nota de esta profunda reflexión, mis
consejos para la Primera cita (for dummies):
Elije bien:
El tipo de invitación, así como el día de la semana y el
lugar, tienen mucho que ver para reflejar tus intenciones con la chica. Imagina
una escala donde invitarla a salir el domingo significa que quieres ser su
amigo y el sábado en la noche que quieres cogértela durísimo cuanto antes.
Aplica la misma escala para la hora del día en que la invitas: desayuno es
“vámonos suavecito” y cena es “vámonos en picada”.
Habla con ella y tantea qué es lo
que espera, qué le gustaría. No te lances a invitarla a cenar el viernes en la
noche y luego a una peda con tus amigos sin antes haber averiguado si va a misa
todos los domingos con sus padres y abuelos.
De cajón:
Báñate, cabrón. No hay por qué pelearse con el talco ni el
desodorante. Usa el perfume con cuidado para que no se vuelva tu enemigo. Unos
jeans limpios, una camisa bien planchada y zapatos impecables te harán quedar
bien para casi cualquier ocasión. Ojo: nadie quiere ir de pipa y guante a la
primera cita, opta por lo casual.
Se vale preguntar, como que no
quiere la cosa, si ella irá muy arreglada, para no llegarle con tenis. O si
prefiere ir cómoda, no parecer que te acabas de quitar la corbata para bajarle
a tu look formaloide.
Sé sutil, pero claro: desde tu
primera aproximación, debes dejarle saber a tu invitada lo que esperas. Ni por
error hables de educación de los hijos o de proyecto de vida si lo que quieres
es llevártela a la cama. No te la lleves a la cama en la primera cita si te
gusta para compañera de un tramo más largo que una noche.
El consejo de oro: Si ella no lo
pide, no le sugieras que se vayan al acostón porque no accederá. No solamente
es de mal gusto, sino que seguro, segurito, no la vuelves a ver.
Sugiere siempre pagar la cuenta.
Si ella dice que compartan gastos, acepta. Si no tienes dinero para invitarla,
díselo. Siempre podrán ir al parque o a andar en patines. En una de esas ella
se ofrece a pagar, no importa. Como en todo: no seas colgado.
Puntualidad:
No mames, no hay que explicar. Llega al lugar acordado diez
minutos antes de la hora y asegúrate que el sitio y la reserva estén en orden.
(Porque hiciste una reserva, obvio.) Ten en cuenta que llegar tarde a la primera
cita es motivo suficiente para que sea la última.
Ella sí puede llegar tarde.
En boca cerrada…
Claro, es la primera cita y quieres impresionar, no paras de
hablar, buscas un lugar seguro entre esconder tus peores defectos y revelar tus
mayores hazañas sexuales. Malas noticias: la primera cita no es el momento para
ninguno de estos temas. Así que nunca, pero nunca de los nuncas hables de:
- Detalles sobre cómo y por qué te dejó tu ex (o tus muchas ex)
- Lo bueno que eres para la cama, las muchas posiciones sexuales que has probado o lo gigantesco (o rinconero) que es tu miembro
- Lo sobregirada que está tu tarjeta de crédito
- Comentarios sobre lo loca que está tu madre o lo borracho que es tu padre
- Jamás de los jamases preguntes: ¿qué somos? ¿En qué quedamos? ¿Qué va a ser de “nosotros”?
Natural es mejor
No te presiones, no quieras mostrar algo que no eres: con el
tiempo, si la relación continúa, ella lo notará, créeme. Lo mejor es actuar con
naturalidad, usar el sentido común y tratar de agradar a la chica pero sin
forzar las cosas. Si logras una segunda cita, recuerda estos tips, creo que las
primeras 3 a 5 citas siguen considerándose parte de la primera.
¡Suerte, campeón!
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