Mientras desayunábamos, crucé una pierna sobre otra, un tobillo en la rodilla opuesta.
Él tocó el pedazo de calcetín rosa que salía de mi tenis rojo y, mientras me miraba dulcemente, como sólo él me mira, dijo:
"Oiga, pero esa calceta no combina con sus zapatos rojos. ¿Qué pasó ahí?"
Sonrojada, me apresuré a explicarle que recién había salido de la cama, que las prisas, que las carreras.
Pero de las combinaciones, de la cara de recién salida de la cama, de mis mejillas sonrojadas, de los verbos, de los sentimientos... él sabe.
sábado, 28 de marzo de 2015
lunes, 1 de julio de 2013
Las perras son mágicas
Esta fue la frase que, literalmente, terminó con mi angustia de abuela primeriza de cachorros chihuahua. Eduardo Gazol, el veterinario de Neneya, las pronunció ante mi nerviosismo por la cercanía del día del parto. “Las perras son mágicas”, dijo, y me explicó con lujo de detalle cómo estos animalitos se preparan, escogen el mejor momento para parir y lo único que hay que hacer es acompañarlas y ser testigos de la maravilla de la vida. A continuación me dio todos los consejos habidos y por haber y respondió todas mis puntuales y curiosas dudas.
Con sus ojos claros y serenos, me fue quitando de a poco la ansiedad y me ayudó a quedarme tranquila y a transmitirle esa sensación a Neneya. Sus tres cachorros y ella iban a necesitarla.
viernes, 14 de junio de 2013
La búsqueda del padre
Y guardo entre
mi ramo de azahar
mil cosas de
chiquilla
las horas que
pasé junto a ti
sentada en tus
rodillas
Uno
En agosto de hace dos años viajé a DF para un
encuentro que se volvió súbitamente parte de mi búsqueda. Enrique Alfaro me
había obsequiado con su novela Telemaquia,
en mayo de ese mismo año. Llegó a mis manos inopinadamente y estuvo un par de
semanas en mi pila de libros por leer, para convertirse después en una de esas
cosas que refrendan las creencias de los jóvenes en un orden universal.
Aquel día, 10 de agosto, mucho antes de la hora
señalada estuve ahí, puntual. Para mi sorpresa, el centro Xavier Villaurrutia
reservó un muy pequeño salón, con unas diez, quizá 15 sillas, para la presentación
del libro.
Lectora joven
sin mayores pretensiones que el disfrute, asumí que la novela me había rebasado
desde la página 15 y me emocioné al grado religioso de saber que Enrique me la
había entregado en las manos y esperé todavía unas dos o tres semanas para abrir
el tesoro que me esperaba: una ruta para buscar los trazos del mapa que me
conduciría a mi padre semi ausente y recientemente muerto. Incrédula, yo.
Y ahí
estaba, con el salón pequeño, casi vacío, sorprendida porque en mi ingenuidad,
estimé que todo el centro Villaurrutia debía estar lleno de telémacos amorosos,
llenos de ilusiones, de odios, de esperanzas, ansiosos de buscar, de encontrar.
Pero no era así.
Después de unos minutos, Telémaco hizo su magia. De la
nada y de todas partes, comenzaron a llegar los aventureros. Ulises se hubiera
sorprendido de ver la fuerza y el poder de convocatoria de su hijo, quien lleno
de valor y satisfacción, colmó también la sala de aquel centro, antes vacía.
Agregaron una hilera de sillas más, dos, tres… cuando
miré hacia atrás, no podía contar a los que llegaron. Es verdad que no eran
cientos pero entonces tuve la certeza de que habían llegado los que tenían el
deber de llegar. Y pensé, para mis ingenuos adentros que no era sólo mi
impresión, sino que la búsqueda del padre nos convocaba a todos, de diferentes
maneras, con diferentes orígenes y destinos.
Dos
Tengo entendido que la gente no mira arriba cuando
sube las escaleras ni cuando camina por las calles ni cuando pasea en los
centros históricos. Por eso no me sorprendió encontrarlo antes de tenerlo
enfrente. Lo miré al subir con mis ojos curiosos de siempre. Subí las escaleras
a la carrera, con mis botas todo terreno
y mis jeans ajustados y mi playera de
Welcome to Vegas, para encontrarlo
perfectamente trajeado, con los cabellos bien peinados, encorbatado y muy
serio, a las grandes charlas, frente a su presentador.
Ya sabía
que se trataba de un caballero casi inglés como Paul Stephenson, por eso no me
sorprendió que se levantara casi ceremonioso de su asiento y me saludara tan cortésmente.
Pero además de eso, fue cálido y cercano e incluso me agradeció haber asistido.
Sí,
claro que quería verle, por supuesto que quería acompañarle, sin duda las
presentaciones de libros son de mis eventos sociales favoritos (nunca dicho sin
sorna)… pero si a todo ello, agregaba la motivación del momento que atravesaba
–o me atravesaba mí– la que debía agradecer era yo. Y le agradecí otra vez.
Tres
Terminé de leer la novela casi al final del mes de
junio. Con estas palabras, le contaba a Enrique Alfaro por correo electrónico,
mis sentimientos sobre la lectura:
“Cuando llegué a Telemaquia, no sabía a lo que me
enfrentaba… Me encontré con Paul con gran asombro, como un hombre en búsqueda
del padre ausente y que vive también, de la mano de esa búsqueda, el proceso de
separación a que la muerte nos obliga.
Todos los hijos –los de padre ausente, los de padre
semi presente y los de padre presente– emprendemos esa búsqueda, de una u otra
manera. O al menos eso creo. Yo emprendí esa búsqueda, de mi padre semi
presente, a tiempo. O al menos eso creo. Para el día que lo desahuciaron,
nosotros habíamos hecho las paces. Y las habíamos hecho mucho tiempo atrás. Por
eso fue, también, que pude/puedo mantenerme tan serena ante su partida, a
diferencia de otras personas cercanas a él. O al menos eso creo.
Igual que Paul, viví la muerte de mi papá. Sólo que mi
caso fue muy distinto. Aunque no fue el mejor papá del mundo, tuve un padre
bueno. Mi padre fue un buen hombre. Mi padre fue un buen hombre con un gran
corazón. Conocí la ternura sentada en sus rodillas y aprendí que el amor de un
varón debe ser generoso, cercano, sutil. Entendí años después que su cercanía y
su presencia me preservaron de abusos, de padecimientos, de experiencias que
todas o casi todas las otras niñas vivieron y que para mí, se transformaron en
una dulce presencia.
Me regaló todas las veces que estuve con él, incluso
de mayor, una gran sonrisa. Las amarguras y sus penas –que no eran pocas- las
ocultó tras una discreción que apenas ahora, a mis casi 30 años, valoro en su
real dimensión”.
Cuatro
En la presentación se comparó a Alfaro con Proust.
Gente que dice que sabe y que lee, dijo que la novela rebasaba por mucho
cualquier expectativa. El tema había sido elegido cuidadosamente, haciendo
incluso casi imposible para el escritor superarse (esto último, para mí está en
tela de juicio), además de que la trama estaba impertérritamente organizada,
colgada de un suspenso exquisito e hilvanada para cautivar al lector.
Jorge F. Hernández, mejor conocido en el mundo
literario como George Clooney región 4, llamó poderosamente mi atención al
afirmar lo que ya suponía: la novela está hecha para leerse en voz alta. Lo que
se traduce también al español como: es novela y además es poesía.
Y yo que pensaba en Telemaquia como la historia de vida de Enrique, contada
fidedignamente. Alfaro Llarena da más de lo que se espera de él, más de lo que
se supone debiera dar e imagino también que más de lo que, de sí mismo
esperaría. Esto último por supuesto, debe ser la mejor parte.
Le pregunté qué se sentía tener una sala pequeña, para
diez y que lleguen 50, quizá más personas. Muy modesto él, no contestó. Pero sí
firmó, generoso, los dos libros que compré para mis más queridas telémacas,
Diana y Sol Anaid. También, atento, hojeó mi libro señalado, subrayado, lleno
de banderitas y marcas que son mías y que soy yo: ‘Eugenia, ¿qué hiciste?’, me
dijo con un rostro asombrado. Y sólo hice lo que debí: leer atentamente,
buscar, volver a leer. No fuera a pasarme desapercibida alguna señal que estoy
buscando.
Yo que no conozco a Enrique, que de él poco o nada sé,
viajé cinco horas de regreso con un dulce, intenso y generoso final de boca de
haber probado su Telemaquia, un
desbordado hallazgo en la búsqueda de mi padre.
viernes, 7 de junio de 2013
Un navío un amor
Quetzalli y Enrique festejaron su boda en Veracruz, a orillas del río
Jamapa. A Quetza (como la llamamos los amigos) la conozco desde hace unos diez
años, quizá más. Una de las cosas más bellas en ella es su generosidad, pero
indudablemente la razón primera para envidiarla es su naturalidad. Ya sea que
haga relaciones públicas o que exponga en una clase o que vaya en flats
atravesando la Nápoles, es la misma: parece que nació para hacer lo que hace.
El día de su boda no fue, por supuesto, la
excepción. He visto novias hermosas y ella; iglesias desbordantes de flores y
la de Santa Ana cuando ella entró; vestidos lindos y su preciosos vestido que
cobijaba delicadamente su unión libre; fiestas amorosas y esa celebración a
orillas del río Jamapa que se antojaba sacado del mejor cuento de princesas de
esos que escuché de niña.
Pero Quetza no es una princesa, no no. Es
una mujer en la más amplia expresión de la palabra. Independiente económica y
emocionalmente, se abrió paso en la capirucha en la difícil industria de las
relaciones públicas (otra vez, como si hubiera nacido para ella). Quetza es
autora de una de mis frases favoritas: como entrevistadora, puedo ser un buldog
amarrado.
Entre aplausos y gritos de felicidad
compartida, aquel día primero del mes de junio, Quetza entró a la iglesia de
Santa Ana, deteniendo el instante en que el universo aguardaba por ella. No
había excesos en su arreglo y sin embargo parecía haberse preparado toda la
vida para llegar ahí, preciosa, feliz, sonriente, enamorada. El festejo
continuó a lo largo de aquella tarde, en la misa y después en el jardín de
fiestas Shangri-La (que hace honor al paraíso de felicidad interminable
descrito por James Hilton en Horizontes perdidos), con los invitados zapateando
al son de Tlen-Huicani, con esa hermosa mujer mirando a los ojos a su amado, robando
palabras a Adele para decirle que desde ahora es su one and only, con las mujeres solteras corriendo, tomadas de la
mano, a su alrededor con la esperanza de adueñarnos del codiciado ramo.
Mientras atestiguaba todo aquello, mientras miraba a las
mujeres andar en zapatos bajos, los vestidos llevados por la brisa suave,
mientras sentía los últimos rayos del sol, los de la puesta, mientras veía a
Quetzalli reír feliz entre aquel paraíso que sin duda estaba a la altura de sus
sueños, pensaba en el poema de mi querido José Luis Rivas, Un navío, un amor:
I
Las muchachas sandalias en la mano
de puntillas por entre resbaladizos
peñascos de escollera los pies
tantean en principio
antes del salto irreprimible
de
roca en roca
los vestidos al vuelo
con ráfagas que esparcen un aroma de espliegos
las prendas interiores pegadas a los cuerpos
transpirando salobres
las piernas por delante
asomando la espuma de la rizada blonda
los pechos estallantes
despareja marea de grupas y caderas
el roción de las olas arrojando
su atarraya irisada
por donde todos descendíamos en escala
risas de fulgurantes dentaduras
el sol picando el dilatado bochorno
y el aullante pinar de la avenida costera
ante la Isla de Lobos
II
La cabaña de otates
entre los médanos
y la muchacha
que aporta en la ribera
con su proa de encaje
y la gaviota tijereteando
las espiras de su propio descenso
hasta rasar la arena
las palmeras rizándose de brisa
como los zumbadores
de un papalote
que cosquillea las nubes
cierta tarde sumida al fondo del ancón
los horizontes
que tiran de su pecho
bajo el escote
el deseo
sus íntimas marismas
la pardela que en remolino parte
un navío un amor
y la ráfaga
que ondula las pestañas
como el correo de papel de china
que asciende poco a poco por el hilo
de vibrante pandorga
multicolor fondo escotado de las islas
seda licra jersey
en hiladillo sobre la piel
que aspira a bocanadas
inmensidad y regreso ~
A todos nos llega el día de conocer la envidia, de
mirarla a los ojos, de sentir ese suave arrullo de ver pasar el objeto de tal
sentimiento y casi, casi, acariciarle. No sueño con una boda como la de Quetza;
nunca lo hice. Y sin embargo, ese día sentí la llamada envidia de la buena,
pues reconozco en este acto de amor un momento maravilloso e irrepetible que
conmina, que invita, que convida. ¿Y qué es el amor sino un contagio, un
impulso, un sueño compartido, un manto bellísimo que cobija a propios y
extraños?
viernes, 31 de mayo de 2013
Primera cita (for dummies)
He tenido muchas primeras citas. Empecé a tenerlas desde los
16 y hoy tengo casi 32. He salido con muchos hombres en la segunda mitad de mi
vida y sigo soltera… así es que sigo aceptando todo tipo de citas. Desde
invitaciones al café, al cine, a comer… pasando por invitaciones a cenar o
expresamente a “ir a un lugar más privado”. De todos colores y sabores para los
conocedores.
En gusto se rompen madres, pero
creo que, en general, las mujeres heterosexuales tenemos ciertas preferencias a
la hora de convivir por primera vez con algún prospecto, ya sea de galán, de
acostón o de amigo.
En una de tantas citas, empecé a
recopilar algunos datos que hoy toman forma de post y se convierten en
consejos. Hombres heterosexuales, tomen nota de esta profunda reflexión, mis
consejos para la Primera cita (for dummies):
Elije bien:
El tipo de invitación, así como el día de la semana y el
lugar, tienen mucho que ver para reflejar tus intenciones con la chica. Imagina
una escala donde invitarla a salir el domingo significa que quieres ser su
amigo y el sábado en la noche que quieres cogértela durísimo cuanto antes.
Aplica la misma escala para la hora del día en que la invitas: desayuno es
“vámonos suavecito” y cena es “vámonos en picada”.
Habla con ella y tantea qué es lo
que espera, qué le gustaría. No te lances a invitarla a cenar el viernes en la
noche y luego a una peda con tus amigos sin antes haber averiguado si va a misa
todos los domingos con sus padres y abuelos.
De cajón:
Báñate, cabrón. No hay por qué pelearse con el talco ni el
desodorante. Usa el perfume con cuidado para que no se vuelva tu enemigo. Unos
jeans limpios, una camisa bien planchada y zapatos impecables te harán quedar
bien para casi cualquier ocasión. Ojo: nadie quiere ir de pipa y guante a la
primera cita, opta por lo casual.
Se vale preguntar, como que no
quiere la cosa, si ella irá muy arreglada, para no llegarle con tenis. O si
prefiere ir cómoda, no parecer que te acabas de quitar la corbata para bajarle
a tu look formaloide.
Sé sutil, pero claro: desde tu
primera aproximación, debes dejarle saber a tu invitada lo que esperas. Ni por
error hables de educación de los hijos o de proyecto de vida si lo que quieres
es llevártela a la cama. No te la lleves a la cama en la primera cita si te
gusta para compañera de un tramo más largo que una noche.
El consejo de oro: Si ella no lo
pide, no le sugieras que se vayan al acostón porque no accederá. No solamente
es de mal gusto, sino que seguro, segurito, no la vuelves a ver.
Sugiere siempre pagar la cuenta.
Si ella dice que compartan gastos, acepta. Si no tienes dinero para invitarla,
díselo. Siempre podrán ir al parque o a andar en patines. En una de esas ella
se ofrece a pagar, no importa. Como en todo: no seas colgado.
Puntualidad:
No mames, no hay que explicar. Llega al lugar acordado diez
minutos antes de la hora y asegúrate que el sitio y la reserva estén en orden.
(Porque hiciste una reserva, obvio.) Ten en cuenta que llegar tarde a la primera
cita es motivo suficiente para que sea la última.
Ella sí puede llegar tarde.
En boca cerrada…
Claro, es la primera cita y quieres impresionar, no paras de
hablar, buscas un lugar seguro entre esconder tus peores defectos y revelar tus
mayores hazañas sexuales. Malas noticias: la primera cita no es el momento para
ninguno de estos temas. Así que nunca, pero nunca de los nuncas hables de:
- Detalles sobre cómo y por qué te dejó tu ex (o tus muchas ex)
- Lo bueno que eres para la cama, las muchas posiciones sexuales que has probado o lo gigantesco (o rinconero) que es tu miembro
- Lo sobregirada que está tu tarjeta de crédito
- Comentarios sobre lo loca que está tu madre o lo borracho que es tu padre
- Jamás de los jamases preguntes: ¿qué somos? ¿En qué quedamos? ¿Qué va a ser de “nosotros”?
Natural es mejor
No te presiones, no quieras mostrar algo que no eres: con el
tiempo, si la relación continúa, ella lo notará, créeme. Lo mejor es actuar con
naturalidad, usar el sentido común y tratar de agradar a la chica pero sin
forzar las cosas. Si logras una segunda cita, recuerda estos tips, creo que las
primeras 3 a 5 citas siguen considerándose parte de la primera.
¡Suerte, campeón!
sábado, 14 de mayo de 2011
Lo que sé hacer mejor
Hace un mes volví a Xalapa. Xalapa, Xalapita, las Xalapas, el pueblo… esta dulce tierra en la que no nací, por equivocación, la que abandoné, por equivocación también… y a la que regresé, por tanta buena suerte que tengo.
Y después de un mes más o menos, que cobré mi primer sueldo en mi nuevo trabajo, a medio día, me propuse llamarle a mi padre. Se pondría tan feliz de saber que, finalmente, llegué al trabajo soñado, a la oficina anhelada, a la institución tan largamente amada, para colaborar –un poquito aunque sea, le dije un día- con el bienestar de los muchos.
Se pondría tan feliz mi padre de saber que a la nena se le cumplió uno de sus sueños. Uno de los mejores. Y que abandonó la selva de asfalto a la que –por necia- se fue a meter, a probar suerte y para probarse ella. Y que todos los amores y los afectos la recibieron bien, con buenas caras, con mejores gestos de cariño.
Y mucho más: se pondría loquito de gusto el viejo de saber que estaría más cerca de él, más al pendiente, para cuidarlo, para apapacharlo, para andar nuestra larga, fuerte e incomprendida por los demás, aventura; esta relación que para todos es de padre e hija, nada más.
Sólo que cuando tomé el teléfono, el llanto me golpeó. Mi viejo murió, carajo, recordé de pronto. Y miré la pantalla con ese doloroso y muy querido número que todavía, despuecito de un mes, no me he atrevido a borrar del móvil.
‘Mi papi sabe’, pensé en voz alta en medio del ruidero de la ciudad, y me eché adelante. Es lo que sé hacer mejor.
jueves, 13 de enero de 2011
Lejos
A lo lejos escucho tu voz. Qué raro es ya no reconocerla... Cómo duele. Tu voz que antes era dulce y cercana ahora es acre y de lejana, la confundo.
¿En dónde estás? me pregunto. ¿Estuviste aquí alguna vez? Eso no lo sabré.
Las cosas antes comunes ahora son extrañas; nuestros mundos, antes tomados de la mano, hoy son distintos. Ya no sé quién eres y seguramente mi voz tampoco reconoces.
Será ese nuestro camino, desde antes, o ¿tal es el que elegimos? Eso no lo sabré.
Y sin embargo me abrazo al dulce recuerdo de nuestras tardes en que miraba el sol reflejado en tus ojos, de nuestras noches interminables, de nuestras mañanas cercanas y de aquellos días amargos que dejaban de serlo a tu vera.
Nada afirmaré, pero nada negaré.
Me repito: 'tú que has sido de todo en mi vida: compañero, consejero, amigo, familia'.
¿Eres ese, tú? Eso no lo sabré.
viernes, 24 de diciembre de 2010
Lo siento. De Laura Pausini
Mamá he soñado que llamabas a mi puerta
un poco tensa y con las gafas empañadas
querías verme bien y fue la vez primera
sentía que sabias como hoy te añoraba
y me abrazaste mientras te maravillabas
de que aguantara triste y casi sin aliento
hace ya tanto que no estamos abrazadas
y en el silencio me dijiste 'lo siento'
Pero ha bastado un ruido para despertarme
para llorar y para hacer que regresara
a aquellos dias que de niña me cuidabas
donde en verano cielo y playa se juntaban
mientras con mi muñeca vieja te escuchaba
los cuentos que tu cada noche me contabas
y cuando más pequeña tú me acurrucabas
y adormecida en tu regazo yo soñaba
Pero a los diesises sentí como cambiaba
y como soy realmente ahora me veía
y me sentí tan sola y tan sesperada
porque yo no era ya la hija que querías
Y fue el final asi de nuetra confianza
de las pequeñas charlas que ayudaban tanto
yo me escondi tras una nube de impaciencia
y tú deseaste el hijo que se te ha negado.Y me pasaba el dia sin volver a casa
no soportaba tus sermones para nada
y comencé a volverme yo tambien celosa
porque eras casi inalcanzable tan hermosa
Y abandoné mi sueño a falta de equipaje
mi corazón al mar tire en una vasija
perdi hasta la memoria por falta de coraje
porque me avergonzava tanto ser tu hija
Mas no llamaste tu a mi puerta
e inutilmente tuve un sueño que no puede realizarse
mi pensamiento esta tan lleno del presente
que mi orgullo no me deja perdonarme
Mas si llamases a mi puerta en otro sueño
no lograría pronunciar una palabra
me mirarías con tu gesto tan severo
y yo me sentiria cada vez más sola.
Por eso estoy en esta carta tan confusa
para encontrar algo de paz en lo que pienso
no para reclamarte ni pedirte excusas
es sólo para decirte, mamá 'lo siento'.
Y no es verdad que yo me sienta avergonzada
son nuetras almas tan igual tan perecidas
esperaré pacientemente aquí sentada
te quiero tanto mamá, escríbeme.
Tu hija
lunes, 8 de noviembre de 2010
Celebraciones
Mariposas
Gustavo Pérez tiene una casa enorme, preciosa, con un poderoso jardín, 'Brigitte quería un jardín grande, muy grande', me dice. Como buen artista, tocado por la magia en su vida y en su persona, está rodeado de peculiaridades. Para llegar a su casa, hay que atravesar entre cafetos y liquidámbares, entre veredas y senderos, donde juegan niños y ladran perros. Su comedor es una mesa de billar habilitada. Las habitaciones son amplísimas y la decoración minimalista. Cuadros, libros, discos por todas partes. Música clásica -yo creo que era Schubert- sonando en el fondo. Todas, toditas las cacerolas y todos, toditos los recipientes, son de barro, de colores, oscuros, claros, brillantes.
Y en el centro de la mesa de billar hay un plato grande de barro sobre el que algunas mariposas muertas bailan la música de la vida, de los colores.
domingo, 7 de noviembre de 2010
Celebraciones
Ranas
Yo las veo, siempre las encuentro. No sé por qué, pero aparecen a mi paso. Se me para el corazón cuando casi las piso, o las pateo, porque no las veo, porque saltan, porque aparecen, porque se mueven y no me dejan calcular mis pisadas. Siempre. En las noches, en la oscuridad, en los días, en la luz. Cuando llueve y cuando el sol del medio día del verano quema. Saltan, brillosas, pegajosas, cerca de mí. Me detengo, las miro. Quiero tocarlas.
Una noche, lo recuerdo bien porque fue apenas esta primavera, una ranita apareció, así de pronto, frente a mí. Yo creo que andaba de buenas porque cuando me le acerqué, no se movió. Me incliné hacia ella y la toqué, suavecita y babosa, chiquitita. Creo que me miró, creo que me entendió.
La aparté del camino para que los descuidos no la mataran y brincó, feliz, entre el pasto corto. Ya luego la veo cuando paso; me saluda de lejos.
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